A
manera de reflexión, me tomaré unos minutos para abordar el tema de la
discriminación heterosexista en torno a los hombres gays. Ya sé, es un tema de
recalentado, explotado a sus máximas expresiones y generador de múltiples
controversias. Si ponemos en un cuadrilátero a los defensores de la dignidad
homosexual contra los detractores, siento que los del primer lado estaríamos en
una sincera desventaja, debido a que entre la misma comunidad solemos
discriminarnos. Ya hemos hablado de eso en artículos anteriores que tratan la
homofobia internalizada, ¿pero qué sentimos actualmente al escuchar palabras
denigrantes o peyorativas para calificar a la gente no heterosexual?
Conozco muchos sinónimos de homosexual,
pero mencionaré sólo a los nacionales: JOTO. PUTO. MARICA. MARIPOSÓN.
INVERTIDO. CHOTO. AMANERADO. AFEMINADO. MUJERCITO. VOLTEADO. DEPRAVADO.
CHUPAMILTO, POPOTERO, PUÑAL, PULMÓN, LOCA, MUERDEALMOHADAS, SOPLANUCAS. Y un
largo etcétera.
Todavía me pregunto a cuántos de
nosotros nos sigue ofendiendo cada vez que alguien nos llama jotos o
invertidos, cuando en la televisión nacional escuchamos a un personaje de
comedia referirse a los homosexuales como “puñales” o de “manita volteada”. Al
gran público televidente esta clase de insultos ya le pasan como algo
caricaturesco, un comportamiento que no merece oposición y que se celebra.
Quizá, en el fondo los homosexuales también somos machistas en exceso, y por
eso hacemos uso de estos insultos como un modo de empoderar a la comunidad, “usando
los insultos entre nosotros porque somos a final de cuentas quienes tenemos el
único derecho de rechazarnos si se nos da nuestra regalada gana”.
Pero la cosa es otra cuando exigimos respeto y
visibilidad, cuando exigimos igualdad y nos manifestamos por ser reconocidos y
protegidos por la ley ante actitudes homofóbicas hechas por heterosexuales.
Llego a la conclusión de que ahora que
la diversidad sexual ha alcanzado mayor visibilidad, los peyorativos de “puto”
o “mariquita” nos parecen menos agresivos, no hemos vivido una época comparable
a la de décadas y siglos anteriores, a nosotros, homosexuales jóvenes, nos ha
tocado un mundo hasta cierto punto más tolerante. Y por eso, hasta toleramos
esta clase de apelativos, celebramos los referentes de la homosexualidad
pintada como la hombría distorsionada y amanerada, y nos sentimos protegidos
cada vez que llamamos al travesti “loca” y al amigo sexualmente activo “puto” o
“culo suelto”. ¿Qué le vamos a hacer, si ya estamos acostumbrados?
Lo reconozco, a mí me siguen causando
malestar esta clase de insultos. Cuando alguien se ha llegado a referir hacia
mi persona como “joto”, me siento atacado. Pero no sólo eso, también el escuchar a
las mujeres referirse a los homosexuales de la misma forma que lo hace un
hombre machista, o la forma en que los policías nos detienen por vernos con nuestra pareja tomados de la mano o besándonos en una plaza ya que cometemos "faltas a la moral", y que a pesar de ser algo injusto, vemos a gays aceptando esta conducta diciendo que aquellos que así les toca, se lo merecen por "exhibicionistas". Y esto pues me hace darme cuenta que no hemos dado grandes pasos hacia la
no discriminación. Lo cierto es que cada vez la sentimos menos, pero sin duda
está ahí y entre algunos deja una marca profunda.
Lo único que puedo decir, sin querer
ser moralista, es que para ganarnos el respeto de los demás, debemos por
empezar a respetarnos entre nosotros mismos. Y que no debemos celebrar cada vez
que alguien llama a otro puñal o mariposón, pues de cierta manera estamos
permitiendo que esta actitud se repita, sin generar una aceptación verdadera.
En fin, tampoco me siento
verdaderamente humillado o me pongo a llorar como Magdalena. La cosa es que a
veces me incomoda el trato y los modos de la gente que se empecinan en educar
con ignorancia. ¿Así cuándo vamos a lograr igualdad? ¿Entonces qué, aguantamos vara?

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