LA HOMOFOBIA INSTAURADA: DE JOTOS, MARICAS Y PUTOS


A manera de reflexión, me tomaré unos minutos para abordar el tema de la discriminación heterosexista en torno a los hombres gays. Ya sé, es un tema de recalentado, explotado a sus máximas expresiones y generador de múltiples controversias. Si ponemos en un cuadrilátero a los defensores de la dignidad homosexual contra los detractores, siento que los del primer lado estaríamos en una sincera desventaja, debido a que entre la misma comunidad solemos discriminarnos. Ya hemos hablado de eso en artículos anteriores que tratan la homofobia internalizada, ¿pero qué sentimos actualmente al escuchar palabras denigrantes o peyorativas para calificar a la gente no heterosexual?

Conozco muchos sinónimos de homosexual, pero mencionaré sólo a los nacionales: JOTO. PUTO. MARICA. MARIPOSÓN. INVERTIDO. CHOTO. AMANERADO. AFEMINADO. MUJERCITO. VOLTEADO. DEPRAVADO. CHUPAMILTO, POPOTERO, PUÑAL, PULMÓN, LOCA, MUERDEALMOHADAS, SOPLANUCAS. Y un largo etcétera.

¿Nos siguen sonando ofensivos estos calificativos o nos hemos acostumbrado a escucharlos de forma recurrente que han dejado de herirnos? Ahora que fue el mundial, se abrió el debate sobre el uso de la palabra “puto”, desde la queja del equipo holandés ante la FIFA, hasta el caso valorado por la propia CONAPRED. Pero ¿qué decía la gente? Tanto heterosexuales como homosexuales. Yo vi opiniones muy variadas, desde propios chicos gays apoyando el grito de puto, a heterosexuales diciendo que se trataba de un grito de la afición que nada tenía que ver con la homofobia. Algunas veces, para mi sorpresa, veía como la gente hacía memes como éste: “Puto = Hombre que siente atracción por otro hombre”, dejando en claro que su referencia era precisamente homofóbica, y aquellos donde afirmaban que no se trataba de discriminación, sino de un grito efímero que no trascendía más allá de la cancha. FIFA fue claro: no permitiría manifestaciones homofobas en los estadios, e incluso analizó la posibilidad de sancionar al equipo mexicano y a su afición por este comportamiento. Luego se retractaron, al entender que la intención de la palabra “puto” no era discriminatoria ni apelativa. Pero en México CONAPRED sí fue precisa y determinó que “puto” hacía una obvia referencia a la homofobia y que debía evitarse su uso para denigrar a las personas con una orientación no heterosexual. De hecho, uno o dos años atrás, se estableció por ley que los medios de difusión masiva como la Televisión, la Radio y la Prensa podrían ser sancionados al utilizar las palabras “puñal” o “joto” en sus programas. La cosa es que todavía hoy sigo viendo que en la televisión nacional se siguen utilizando dichas palabras para ridiculizar a los hombres homosexuales. ¿Alguien ya los ha sancionado o finalmente las autoridades desistieron?

Todavía me pregunto a cuántos de nosotros nos sigue ofendiendo cada vez que alguien nos llama jotos o invertidos, cuando en la televisión nacional escuchamos a un personaje de comedia referirse a los homosexuales como “puñales” o de “manita volteada”. Al gran público televidente esta clase de insultos ya le pasan como algo caricaturesco, un comportamiento que no merece oposición y que se celebra. Quizá, en el fondo los homosexuales también somos machistas en exceso, y por eso hacemos uso de estos insultos como un modo de empoderar a la comunidad, “usando los insultos entre nosotros porque somos a final de cuentas quienes tenemos el único derecho de rechazarnos si se nos da nuestra regalada gana”.

Pero la cosa es otra cuando exigimos respeto y visibilidad, cuando exigimos igualdad y nos manifestamos por ser reconocidos y protegidos por la ley ante actitudes homofóbicas hechas por heterosexuales.

Llego a la conclusión de que ahora que la diversidad sexual ha alcanzado mayor visibilidad, los peyorativos de “puto” o “mariquita” nos parecen menos agresivos, no hemos vivido una época comparable a la de décadas y siglos anteriores, a nosotros, homosexuales jóvenes, nos ha tocado un mundo hasta cierto punto más tolerante. Y por eso, hasta toleramos esta clase de apelativos, celebramos los referentes de la homosexualidad pintada como la hombría distorsionada y amanerada, y nos sentimos protegidos cada vez que llamamos al travesti “loca” y al amigo sexualmente activo “puto” o “culo suelto”. ¿Qué le vamos a hacer, si ya estamos acostumbrados?

Lo reconozco, a mí me siguen causando malestar esta clase de insultos. Cuando alguien se ha llegado a referir hacia mi persona como “joto”, me siento atacado. Pero no sólo eso, también el escuchar a las mujeres referirse a los homosexuales de la misma forma que lo hace un hombre machista, o la forma en que los policías nos detienen por vernos con nuestra pareja tomados de la mano o besándonos en una plaza ya que cometemos "faltas a la moral", y que a pesar de ser algo injusto, vemos a gays aceptando esta conducta diciendo que aquellos que así les toca, se lo merecen por "exhibicionistas". Y esto pues me hace darme cuenta que no hemos dado grandes pasos hacia la no discriminación. Lo cierto es que cada vez la sentimos menos, pero sin duda está ahí y entre algunos deja una marca profunda.

Lo único que puedo decir, sin querer ser moralista, es que para ganarnos el respeto de los demás, debemos por empezar a respetarnos entre nosotros mismos. Y que no debemos celebrar cada vez que alguien llama a otro puñal o mariposón, pues de cierta manera estamos permitiendo que esta actitud se repita, sin generar una aceptación verdadera.


En fin, tampoco me siento verdaderamente humillado o me pongo a llorar como Magdalena. La cosa es que a veces me incomoda el trato y los modos de la gente que se empecinan en educar con ignorancia. ¿Así cuándo vamos a lograr igualdad? ¿Entonces qué, aguantamos vara?

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