Hace unos días le
echaba una mirada a mis contactos de Whatsapp, como cualquier ocioso con tiempo
libre, cuando de esa lista llamó mi atención una imagen de
perfil particular. En ella estaba F, uno de mis ligues, acompañado
de su novia, de quien ya me había hablado. La bisexualidad
de F nunca fue un secreto para mí, acordamos tener comunicación en secreto, algo que más que desilusionarme, me resultó excitante. Fue F quien me contactó a través de una página, recuerdo que al principio, al ver su perfil, sin foto de rostro, lo primero que me atrapó fue su descripción, porque parecía que F era alguien con fantasías sexuales intensas pero reprimidas. Su carácter, dominante y atrevido, y además fetichista, me atrapó por completo. Iniciamos conversación por Whatsapp y fue hasta entonces que pude ver su rostro. Honestamente, no esperaba
que F fuera tan guapo y que estuviera interesado en
conocerme.
Nuestra interacción
por medio de mensajes fue intensa, llena de cachondería, intercambio de foros, mensajes de
voz y vídeos, todo con la condición de que jamás hablaría de nuestra relación con nadie. Yo fui leal y me adecué a sus reglas:
nunca ser yo el que le mandara un mensaje, respetar su vida personal, entender que su interés por mí era
puramente sexual y que la posibilidad de llegar a conocernos en persona era de
1 en 1000. Al principio ninguna de estas reglas me resultó molesta, pero debo aceptar que con los meses la adrenalina y el morbo de
tener una relación secreta con un hombre bisexual pasó del éxtasis al franco desinterés. Las semanas para volver a tener noticias de él se
extendían demasiado, o aquellas veces en que él quería conversar o
enviarme algunas fotos yo estaba ocupado.
Los meses pasaron y
parecía que todo había terminado. Mantuve a F en mi lista de contactos, pero todo apuntaba a que él no volvería a comunicarse. Recuerdo que la últimas vez que habíamos hablado, él no hizo más que contarme de las peleas con su novia y de su temor a que leyera nuestros whatsapps. Para no ser un problema en su vida, decidí
dar por muerta nuestra relación, pero 7 meses después de nuestro
último mensaje, F se comunicó para decirme que estaría unos días
de vacaciones en la ciudad y que quería conocerme. Me sorprendió volver a tener noticias de F, y aunque el solo hecho de imaginarme a su lado, después de haberlo deseado tanto, me provocó una gran erección, yo sentía que todo el plan
quedaría en el aire. Aun así, le seguí la corriente e hicimos planes, con la esperanza de que nuestro encuentro se hiciese realidad.
Después de una
serie de imprevistos, la mañana de un sábado estaba frente a la puerta de su
habitación de hotel, tras haber seguido una serie de indicaciones de mi príncipe caprichoso. Estábamos a apunto de llevar a cabo una fantasía de la que
habíamos hablado durante meses por Whatsapp. Y sí, esta historia
tiene un final feliz, al menos en términos sexuales. De forma precipitada,
y prendidos por la adrenalina de ser descubiertos, nos desnudamos y nos
entregamos el uno al otro con rabia sexual. F
era el hombre dominante de su perfil en internet, capaz de hacerme perder
la cabeza al cumplir sus deseos. Debo confesar que todo eso me fue suficiente, porque después
de todo, F vio en mí la única posibilidad de cumplir un deseo reprimido por
estar con un hombre, de vivir algo prohibido y desatar tantas emociones que habían estado enjauladas, porque sí, él decidió llevar una vida heterosexual ante la sociedad. Para F yo no fui más que un objeto de deseo, pero a su lado mi cuerpo y mi mente sintieron un
placer indescriptible. Era la primera vez que tenía sexo con un chico
emparejado con una mujer. Y no ha sido la última.
Desde que tengo una
vida sexual activa he platicado con toda clase de chicos, pero debo admitir que
los hombres con vida heterosexual me resultan más atractivos. Quizá por el tema de lo prohibido, por masoquismo o simplemente por las implicaciones. Uno de mis
grandes amores en mis años de preparatoria fue un chico heterosexual al que
jamás pude hablarle o hacerle saber de mi existencia, y quizá desde ese momento
aprendí a amar y desear a esta clase de hombres con los
que es imposible tener alguna clase de relación íntima. Sin embargo, acepto que detesto cuando alguien intenta llevarse a un heterosexual a la
cama, ya sea embriagándolos, comprándoles regalos, haciéndoles favores o préstamos o
convirtiéndose en sus mecenas, y todo a cambios de un favor sexual, aunque ese hombre no sienta el mismo placer.
Por lo anterior es que prefiero ser prudente al buscar a esta clase de hombres que, de una forma u otra, les gusta tener
sexo con otros hombres. Y ojo, estos no tienen que ser bisexuales o
heterosexuales, simplemente deben llevar una vida social como heteros. Es cierto, muchos de ellos son homosexuales reprimidos que
jamás aceptarán su orientación sexual, pero he aprendido que yo no soy nadie para
juzgar su elección y que sus motivos no son de mi incumbencia.
Uno de las
realidades que he descubierto al relacionarme con esta clase de
hombres, es saber que existe una gran cantidad de ellos. Por un lado, es muy triste
que la homofobia social y la internalizada estén tan extendidas; la homofobia obliga a muchos hombres a vivir
vidas dobles, reprimir su sexualidad y convertirse en personas
atormentadas que tienden a la depresión, la infidelidad e incluso a relaciones sexuales de riesgo. Muchas de las mujeres que viven con VIH o VPP lo
han adquirido a través de sus parejas estables, y aunque no he encontrado una
estadística, estoy casi seguro de que muchas de sus parejas tuvieron alguna vez sexo desprotegido con otros hombres.
En Cuba los hombres heterosexuales
que tiene sexo con otros hombres a cambio de dinero son algo común, esto es conocido entre sus familias y sus parejas. El llamado pinguero,
un sexo servidor, es aquel que trabaja en el mercado
sexual para ganar mejores ingresos en un país tan consumido por la pobreza. Ya es sabido que muchos de los turistas homosexuales que viajan a Cuba, lo hacen con el
objetivo de tener sexo con hombres heterosexuales,
bisexuales y homosexuales. Y en México ocurre
algo parecido: aquí, los famosos chichifos, mayates y chacales, encuentran una oportunidad de trabajo en el sexo servicio.
Pero la satisfacción
personal es muy diferente. Mi fijación siempre han sido los hombres que tienen
sexo con otros hombres por placer y no por beneficio monetario. Y como ya lo he
dicho. Por medio de clasificados que he
dejado en páginas de internet o Facebook buscando hombres casados para tener
encuentros sexuales, he llegado a conocer a varios de mis ligues. De las mejores experiencias que he tenido, además de F, también
recuerdo a un futbolista, a un chico de 19 años recién casado, a
un fraile franciscano e incluso a un casado sadomasoquista y a quien meses después me
encontré en el autobús, mientras él llevaba a su hijo a la escuela. También conocí a un policía
que me llevó a su casa y lo hicimos en la misma cama donde todas las noches
dormía con su esposa. Recuerdo claramente cuando él me dijo, mientras me
bajaba los pantalones, “No sabes cuánto había deseado esto”.
Creo francamente que la mayoría de los
cazadores de casados o heteros no saben distinguir entre lo casual y lo
sentimental de estas relaciones, y por eso cometen la equivocación de convertirse en una molestia para sus parejas, al ser insistentes, demandantes de su tiempo e incluso intrusos de su vida familiar. Al hombre con vida hetero lo que menos le interesa es
ser descubierto por su pareja o familiares y por eso hay que saber separar lo que es sólo sexo
y lo que es su vida.
¿Qué he conocido con el tiempo sobre los perfiles de esta clase de chicos? Cosas tan sencillas y cotidianas como su vida de padres de
familia, que son hombres conservadores, a veces con marcada actitud homofóbica, a fin de proteger su doble identidad. Algunos son novios realmente enamorados de sus novias o esposas;
pueden ser mujeriegos; no faltan aquellos que fantasean con las mujeres trans o los travestis. La mayoría de ellos son hombres
hipermasculinos, dominantes, con una sexualidad explosiva y con deseos
que ansían cumplir con otros hombres.
Pero lo mejor de todo esto es convertirme por una hora, unos meses o una vida, en su secreto mejor guardado, en su confidente, compadre o funda, la persona con la que un hombre casado o hetero puede desfogar las necesidades de su cuerpo. Hay
algunos heterosexuales que aman ser pasivos en la cama, otros que son versátiles y están dispuestos a
experimentar, y otros exclusivamente activos que jamás permitirían que les acariciaras las nalgas o les
sugirieras que sean delicados. Admito que el simple hecho de poder darle un beso negro a un heterosexual es de las cosas que más me prenden, pues la mayoría de ellos tienen una vergüenza increíble por su ano, pero cuando te ganas su confianza y les enseñas la magia del anilingus, se vuelven locos.
Al final, me despido
de ellos y sé que a la mayoría no los volveré a ver, pero hay otros con quienes, después del
sexo, se da una relación de amistad y de sexo recurrente. A F lo mantengo en mis contactos de Whatsapp, con la esperanza de que algún día me vuelva a buscar. Pero mientras así no suceda, yo no
intentaré buscarlo, pues es mejor guardar la distancia y respetar la vida personal que él ha elegido.
Esta es la vida de
un cazador de lo prohibido.