Han transcurrido cuarenta y un años desde que la adaptación de la
obra teatral “Equus” fuera estrenada en la pantalla grande. Esta fascinante
historia se la debemos a su escritor Peter Shafer (1973), quien viera la
primera puesta en escena en el Royal National Theatre de Londres. Pero fue el
director Sidney Lumet quien internacionalizó Equus en el cine. Con las
actuaciones de Richard Burton como el psiquiatra Martin Dysart, y Peter Firth
como el perturbado joven Alan Strang, la cinta se convirtió en una obra de
culto, ya sea porque nos presenta una historia poco común que aborda los temas
del fanatismo religioso y la zoofilia, o porque como una obra de arte logra
trascender al retratar con naturalidad la sexualidad humana según los tabúes
que giran en torno, dejándolos al desnudo.
Aunque en repetidas ocasiones y en muchas partes del mundo la obra ha
seguido en la marquesina de los teatros, Equus volvió a generar polémica y a
reformar su popularidad cuando Daniell Radcliffe, quien encarnó a Harry Potter,
consiguiera el papel de Alan para su estreno en Londres. Quizá la obra teatral
y la película han ganado fama no precisamente por la temática, sino por la
serie de desnudos que el protagonista hace en escena.
Esta especie de thriller sicológico nos narra la historia de un psiquiatra
a quien llega el caso de un misterioso accidente en un establo de Hampshire, en
el que 6 caballos resultan heridos al ser cegados con una punta de metal,
crimen cometido por un jovencito de 17 años, mismo que deberá ser atendido en
el hospital psiquiátrico donde el psiquiatra labora. Así somos parte de una
historia en la que se intenta develar la razón que tuvo Alan para cegar a los
caballos, y que en el entramado de la cinta se expone una extraña fijación
hacia un caballo al que el joven llama Equus.
Aunque no es una película que aborde el tema de la homosexualidad, la
cinta contiene una serie de escenas que a mi entender tienen una alta relación
de erotismo masculino que podría conjugar una serie de imágenes que resulten,
por su contenido, sugestivas y tendentes a relacionarlas con una sensualidad no
heterosexual. Para empezar, la fijación por los caballos que siente su protagonista,
Alan Strang, es una que persigue un ideal religioso y a la vez sexual que
genera una ruptura con la heteronormatividad y la naturaleza de la sexualidad
humana. Equus, quien es para Alan una imagen que sustituye a Jesucristo y a
Dios, ya sea como un tótem o la encarnación de una deidad digna de alabanza y
sacrificio, también juega el papel de un amante masculino que infunde en Alan
el gozo y la pasión que lo ayuda a alcanzar un orgasmo espiritual y físico,
porque el caballo nutre con su figura y su idealización el mismo papel de un
objeto de deseo, ya sea varón o mujer.
Algunas imágenes que se me han quedado en la cabeza después de ver esta
cinta, son la del apuesto jinete que monta a caballo a la orilla de la playa, y
que se presenta ante Alan para invitarlo a montar junto a él, haciendo hincapié
en la belleza del equino, en el que se centra la cámara para mostrar sus
formas, el brillo de su pelaje sudoroso y la misma figura del jinete, alto,
galán y viril que se complementa como un centauro con su corcel. La segunda
imagen sería la de Alan montando a Equus cada noche, en una especie de rito
religioso en donde el muchacho se desnuda para unirse al caballo en un acto a
primera vista sexual y en segundo plano como un paroxismo en donde se disparan
las emociones del orgasmo espiritual, mismo que podría ser comparado con los
arrobos de los ascetas y místicos de la literatura española del siglo XVI. Y
una última antes de la perturbadora escena de los caballos cegados, sería el
encuentro traumático que tiene Alan con Jill, una jovencita que lo seduce y lo lleva al
establo para quitarle la virginidad, una escena llena de tensión que describe
perfectamente los sentimientos de Alan al encontrarse por primera vez con la
sexualidad humana, que dista del concepto que el joven se ha creado con Equus,
con quien se siente comprometido y por obvias razones le nace una idea de estarlo
traicionando.
En la historia entendemos que el
fanatismo religioso de la madre y la presión que ejerce sobre Alan para
comprometerlo con Dios y sus preceptos, generan una idea inusual en torno al tótem,
una interpretación incorrecta y psiquiátricamente perturbada. Pero finalmente,
es el mismo psiquiatra Martin quien tras analizar el discurso de Alan, su
relación con el deseo de ardor y feligresía, así como su enamoramiento
platónico, descubre que no son una razón suficiente para obligarlo a cambiar, y es que
aunque se lograra que el muchacho pudiera interpretar el mundo como el resto de
la sociedad, sería cruel readaptarlo a las convenciones de la sexualidad para
darle un lugar en el mundo, aun cuando esto le arrebatara su personalidad y su
derecho a elegir, a cambio de volverlo alguien políticamente correcto, “sanado”
de su inmoralidad o su desentendimiento. Una conducta que después de todo suele
ser exigida de heterosexuales hacia la comunidad LGBT por creerla desligada de
la común naturaleza. Y que en cientos de tristes casos, ha sido así.

No hay comentarios:
Publicar un comentario