Cada 1º de diciembre celebramos la jornada nacional en la lucha contra
el VIH y el sida. Pero las cifras siguen estando en rojo. Actualmente existimos
en el mundo 35 millones de personas viviendo con VIH. Tengo por entendido que
esta cifra es aproximada, porque casi la mitad de personas seropositivas
desconocen su estatus. De estos 35 millones registrados, 82,000 adolescentes
viven con VIH en América Latina y el Caribe. El 30% son mujeres, muchas de ellas son amas de
casa. Muchas transmisiones suceden entre heterosexuales. Y aunque el sector de
hombres que tiene sexo con otros hombres, seguido de la población de personas
trans son las poblaciones que registran más infecciones, el VIH deja claro que
no se rige por la condición social, el género, la edad o la orientación. En el continente americano, Brasil encabeza la lista con mayor número de PVV. De 1983 a 2014, segun datos de Censida, México ha registrado un total de 172 290 casos: el 82% en hombres, y un 18% en mujeres. A septiembre de 2014, había registrados 116 mil 900 pacientes con el virus. El Distrito Federal es la entidad que más casos nuevos registra al año. El sector dónde se registraron más transmisiones oscila en la población de 15 a 49 años. Las
personas viviendo con VIH somos una amalgama colorida compuesta por recién
nacidos, niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos, mujeres, hombres,
homosexuales, heterosexuales, bisexuales.
Este año, ONUSIDA propone como lema “cerrar brechas” a nuevos
contagios, con el objetivo de llegar al 2030 con una generación libre de VIH.
Pero al mundo le queda mucho por hacer en materia de prevención, visibilización,
exigencia de derechos y disposición para luchar mano a mano contra el virus. La
discriminación es el principal obstáculo a vencer. El 93% del personal de la salud
discrimina a los pacientes de forma directa o indirecta, por el simple hecho de
desconocer datos tan sencillos como que VIH no es lo mismo que sida, o que el padecimiento
no se contagia, se transmite. Doctores y enfermeros mal preparados para atender
a personas seropositivas estigmatizan a la población al hacerla creer que su
estatus serológico es un castigo por sus conductas sexuales, y en algunos casos
se niegan a proporcionarles servicios sanitarios dignos. Desde el dentista que
se niega a hacerle una cirugía a un paciente positivo, por miedo a pincharse
con alguna aguja y a “contagiarse del sida”, hasta la enfermera que usa guantes
de látex o tapabocas para protegerse del virus al estar en contacto con una
persona que vive con el virus.
La discriminación también se lleva a casa. En los sectores rurales e
indígenas se tiene como creencia arraigada que el VIH es provocado por la
picadura de un mosquito, o que el virus es contagioso tan sólo por estar cerca
de alguien positivo. A los niños con VIH se les excluye y se les niega el
derecho a la educación, al contacto humano y a la libre convivencia. A los jóvenes
indígenas homosexuales positivos se les expulsa de sus comunidades, se les
lincha y sataniza. A las mujeres positivas se les acusa de promiscuas, y esto
se añade a los tantos obstáculos en violencia de género que ya enfrentan por el simple hecho de pertenecer
al sexo considerado noble y débil. A los hombres heterosexuales positivos se
les compara con homosexuales, como si serlo fuera algo vergonzoso,
fortaleciendo conductas de machismo que fortalecen la discriminación por la
condición de género: gustos, patrones y formas particulares de entender la
sexualidad.
En la ciudad, donde suponemos existe un equilibrio y una visión más
tolerante, observamos cómo se repiten las conductas discriminatorias. En México,
si eres homosexual padecerás sida. Si eres sexoservidora padecerás sida. Si
vives una sexualidad libre padecerás sida. Los gobiernos se oponen a legalizar
el matrimonio igualitario porque es considerado puerta de entrada para la
destrucción de la familia, la institucionalización de la promiscuidad y la apertura
catastrófica para la plaga del sida. Decenas de seropositivos son despedidos de sus empleos porque el sida es aberrante, y presumiblemente contagioso. Los ciudadanos hablan de sida, no de VIH,
y esto jamás es corregido. Los medios de comunicación también predican con
mitos, y esto por supuesto no es penalizado.
En suma, tenemos creencias erróneas que se han arraigado al ideario
social: razón suficiente para considerar que el virus se debe desenraizar desde
la conciencia de cada uno. Es necesario que los gobiernos eduquen con apertura
a sus ciudadanos, desmitificando el VIH y desarticulando las conductas
excluyentes hacia quienes vivimos con el virus, y esto no significa que
nosotros debamos esperar sentados, cruzados de brazos, a la espera de que esto
suceda, pues está en uno erradicar la violencia y la estigmatización
serológica, hablando, compartiendo y expresando el verdadero significado de
llevar una vida con VIH.
Es común que al conocer nuestro estado serológico el mundo parezca
acabarse. Es una verdad triste, pero la mayoría de quienes hoy somos positivos,
hemos llegado a solicitar atención médica cuando el virus ya ha avanzado y por
ende nuestro cuerpo ha comenzado a lanzar alertas de un estado deteriorado al
que le urge entrar en tratamiento. Pero esto es consecuencia de varios
factores, que a veces se viven por separado, o simplemente se suman:
1) temor a conocer el estado
serológico incluso estando conscientes de que se han practicado relaciones de
riesgo.
2) desconocimiento total de
la existencia de una prueba para el VIH, desde la rápida, a la ELISA.
3) desconocimiento absoluto
de la existencia del VIH.
4) negación.
5) temor a la
discriminación.
6) ideas erróneas que ligan
el VIH con la homosexualidad o una vida sexual activa.
7) temor a la muerte.
Quienes ahora vivimos bajo tratamiento antiretroviral, se nos ha dado
una nueva vida y nuevos ojos para observar al mundo. Aunque el proceso de
asimilación es distinto para todos, sería un beneplácito que cada persona
seropositiva tuviera la oportunidad de practicar el activismo, ya sea de forma
activa, sumándose a asociaciones civiles que difundan mecánicas de prevención y
tratamiento, hasta la forma más asequible, que es la de compartir con otros la
experiencia personal y los conocimientos que se adquieren al conocer el estatus
serológico.
El mundo necesita tener en cuenta algunas verdades sobre el VIH:
1) hablamos de
transmisiones, no de contagios, para que el VIH pueda pasar de una persona a
otra, es necesario que haya una puerta de entrada por medio de fluidos como
sangre, semen, liquido preeyaculatorio, flujo vaginal, mucosa anal y vaginal, y leche materna. No es contagio, porque el VIH no se transmite al
contacto con sudor, saliva, heces, orina, ni al contacto con la piel de un
paciente seropositivo, ni instrumentos que hayan estado en contacto con el
paciente.
2) las personas que vivimos
con VIH no estamos enfermas, vivimos con un virus dentro de nuestro cuerpo. La
enfermedad se presenta cuando el sistema inmunológico está deprimido o bien
destruido a causa de la reproducción ilimitada del VIH.
3) la enfermedad además no es
el sida, en cambio, puede ser desde una gripe, una neumonía, tuberculosis, o
cualquier otra enfermedad o infección de clase oportunista que aprovecha el
estado de inmunodepresión de la PVV para entrar a su organismo y atacar.
4) el sida, o síndrome de inmunodeficiencia
humana, es causado cuando el paciente positivo no es atendido a tiempo.
5) hoy en día el sida es
reversible, personas con un sistema inmunológico altamente deteriorado e
incluso con infecciones oportunistas pueden recuperar su salud al ser medicados
y tratados bajo condiciones médicas especiales. Los antiretrovirales son cada
vez más efectivos y es más común escuchar testimonios de personas positivas que
han estado en condición de sida, y que han recuperado su salud habiéndose apegado
de forma óptima a su tratamiento.
6) VIH o sida no son
sinónimos de muerte, aunque aún no existe una vacuna para prevenirlos ni para
curarlos, la adherencia al tratamiento antiretroviral y una vida sana, llámese
libre de alcohol, tabaco y llevando una dieta balanceada, permite que todas y
todos los seropositivos llevemos una vida normal, que podamos tener familia y
alcanzar la vejez.
7) una persona seropositiva
no es necesariamente una vía de transmisión. Al estar en tratamiento y en
estado indetectable, la carga viral en la sangre se reduce hasta en un 97%, por
lo que hay parejas estables que sostienen relaciones sin el uso del
preservativo. Con todo, el uso correcto del preservativo proporciona un 99% de
seguridad de no transmisiones. Si una persona seropositiva desea llevar una
vida sexual con su pareja, puede hacerlo sin temor a transmitirle el virus.
Esta es una realidad probada científicamente.
Por último está la serofobia social. Para cerrarle la brecha al VIH y
al sida, debemos hacer consciencia sobre los logros, los sacrificios, las
ganancias y las pérdidas a través de estos más de 30 años desde la aparición
del VIH. ¿De qué forma podemos alzar la voz aquellos que vivimos con VIH, para
exigir que se nos vea y se nos trate con dignidad? ¿A quién debemos pedir? ¿Con
quienes nos podemos vincular? Quiero concluir diciendo que nuestro principal
problema no es precisamente el rechazo que enfrentamos entre pares; aunque
muchos positivos deseamos encontrar una pareja estable, sin que a ésta le
importe nuestro estatus, el problema que atañe a la comunidad seropositiva es
la desigualdad: no a todos nos toca vivir el VIH de la misa forma y por eso
debemos hacernos escuchar, para permitirles a aquellos que viven el VIH con
sufrimiento optar por la libertad y el autoestima.
Si deseamos ser tratados con respeto, debemos ir con las instituciones
a exigir que todas las escuelas impartan educación sexual, sin importar si son
laicas o cristianas. Lo mismo entre las familias. Hay que ser francos y aceptar
que algo no se está haciendo bien dentro de los hogares y las aulas, porque
persisten los embarazos entre adolescentes, y porque sin duda los adolescentes están
adquiriendo VIH. Ahora más que nunca se debe buscar la estrategia para educar y
permitirle a los jóvenes llegar a 2030
libres del virus, pero sobre todo, a enseñarles a no volver a repetir la
historia. Es también importante hacerles saber que no existen intocables,
porque si actualmente se ha bajado la guardia es porque se ha lanzado al aire
la creencia de que el VIH ya no es mortal, pero no se les ha hablado del costo
y el sacrificio que ha significado. El adolescente debe tener en cuenta que lo
que se ha logrado, ha costado millones de vidas y que el hecho de que ahora el
VIH sea un padecimiento crónico y que la mortandad se haya reducido, no es
sinónimo de tolerancia al sexo desprotegido.
Si deseamos ser tratados con respeto, debemos girar la mirada como una
fraternidad hacia aquellos positivos invisibles e ignorados por el propio
sistema de salud: indígenas, inmigrantes, personas trans. Si deseamos ser
tratados con amor, debemos hacer que las palabras indetectable, tratamiento
antiretroviral, transmisión y prevención sean parte del vocabulario cotidiano
de la población, con la finalidad de que el temor sea remplazado por el conocimiento,
y que sea éste el eslabón para cerrarle la brecha al VIH y al sida.
Nuestro papel como seropositivos es de propuesta, de incidencia, de
demanda y de remembranza. Busquemos y hagamos leyes por el bien de nuestra
comunidad y el de nuestros futuros hermanos. Si llega una cura, sólo está en
Dios. En nosotros está seguir en pie de lucha, liderando la brecha para que el
virus pueda llegar a ser una historia del pasado.
Hoy es el día del lazo rojo, de la lucha contra el VIH. Hoy es una
jornada que debe emularse los 365 días. En nuestra sangre no sólo llevamos un
virus, sino la esperanza de promover un mundo libre de estigma que pueda
asimilar la existencia del VIH como un constructor de fraternidad,
responsabilidad y amor entre humanos. Si se es positivo, se es porque la vida
se ve con optimismo, no con dolor, no con miedo. Se es positivo porque somos
luchadores, la representación de la sobrevivencia y la capacidad de seguir
amando con los brazos abiertos.
Ponte el lazo rojo y abre brechas a una vida positiva.

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