Lo que a veces nos falta es tiempo. Lo que siempre nos falta, corrijo,
es tiempo. Y la vida se nos va entre los dedos, como se nos escurre el semen cuando
estamos a solas y no nos tenemos más que a nosotros mismos para darnos
justicia. Pero hoy, sin quererlo, me sobró un poco de tiempo y entonces comencé
a darle vueltas a una idea que rondaba por mi cabeza desde hace unos días.
Después de haber visto una película porno en mi computadora para aliviar las
ganas, me limpié los dedos y los restos de semen que había dejado la corrida
sobre mi vientre y mi vello púbico. No sé por qué, pero me pregunté por qué el
sexo casual está compuesto de tanto silencio. No hay que ser un intelectual
para filosofar sobre este dato, pero quizá la mayoría de los hombres gays jamás
nos preguntamos sobre el silencio que hace del sexo casual uno más de sus
componentes inamovibles y justificables. Inamovibles, por el hecho de que no
tenemos tiempo ni ganas para abrirnos emocionalmente hacia un desconocido. Justificables,
porque parece absurdo querer contarle todo de ti a un individuo que has ligado
por Grindr y que seguramente no volverás a ver en tu vida.
Seguramente este pensamiento se fortaleció después
de haber visto esa porno con un par de minutos, tres a lo mucho, con diálogos
entre Jake Bass, Paddy O’Brien y Gabriel Cross, diálogos burdos, con actuación
pésima y una dicción forzada que me hacían recordar porqué el porno americano
se disfruta mejor cuando los actores se dedican a coger y no a demostrar su
falta de histrionismo. Lo cual es muy triste, porque de hecho, he visto
películas eróticas y casi pornográficas (díganse con sexo explícito y sin
censura) que me han resultado una maravilla, no por el hecho de que sean obras
de arte, sino porque la trama y el sexo explícito logran combinarse de una
forma agradable en la que el sexo no es solamente fan service sino un
componente del libreto. Ahora bien, extrapolando la experiencia cinematográfica
de esa película que vi (Men of Anarchy - MEN), ocurrió que de pronto, al sentar
cabeza y recordar muchos de mis ligues, llegué a sentirme hundido en los
irrefrenables silencios.
Muchos encuentros han sido efímeros por el calor
tempestuoso de nuestros cuerpos, hemos cruzado algunas palabras en Internet
para quedarnos de ver en algún punto de la ciudad, para luego vernos frente a
frente, dar el visto bueno al material físico, proseguir a una alcoba, un baño,
un hotel, un vapor, quitarnos la ropa, mamarnos, penetrarnos, besarnos con
desesperación y eyacular el uno sobre el otro para volver a vestirnos y
despedirnos sin preocuparnos por volver a vernos después, sin siquiera tener
presente que más allá de un cuerpo de gozo, nuestro compañero en turno es una
persona.
Recuerdo cuando
después de coger con mi ex, descansaba mi cabeza en su hombro mientras le
acariciaba el vientre y platicábamos de tonterías o de cosas trascendentales, a
veces le agarraba la verga o los testículos mientras él me platicaba alguna
experiencia en su vida. Recordábamos mucho el pasado. Parecía que las pláticas
eran tan amenas como ponerlo en cuatro y penetrarlo.
Pero mi vida no ha
sido siempre una relación de pareja. Ha habido un antes y un después de mi ex.
Y será lo mismo cuando el destino se atreva a ponerme a un novio de nuevo en el
camino. En ese lapso, habré conocido a un puñado de hombres silenciosos, con
los que habré platicado no más de lo necesario. La última vez que me acurruqué
en el hombro de un hombre desnudo me había sentido extraño, una parte de mí se
negaba a hacer de ese ligue exprés un confidente. Platicamos de todo un poco
antes y después de la primera cogida. Al amanecer fuimos a desayunar y más
tarde volvimos con una pizza a nuestra habitación de hotel. Dormimos un poco y
antes de irme volvimos a coger. Era la primera vez que hablaba de esa forma con
un ligue efímero. Pero no tenía ganas de llegar a más con él, parecía que
estaba siendo empujado de mi zona de confort para relacionarme con un nuevo
hombre después de varios meses de soltería. Así que al despedirnos, sabía que
sería la última vez que habríamos derramado nuestro semen sobre nuestros dedos.
El sexo no había estado nada mal. Pero de momento, preferí el silencio.
Y sé que desde
entonces mi vida sexual se compone de gozo y tiempos mudos. Luego de un tiempo
me olvido de muchas de las cosas de las que he hablado con ellos, pero es algo
a lo que no le doy demasiada importancia. Lo mío se deberá a mi personalidad
introspectiva y a mi timidez, pero sin duda, de la misma forma que los otros, me
gobierna la inercia, la apatía y la poca necesidad por formar relaciones interpersonales
con gente que ha servido para el fin común de eyacular, vestirnos y decirnos
hasta nunca.

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