Queridos y queridas: la verdad los
chacales me espantan… ¡Güácala…, iugh!
Te has dado cuenta de que aquellos especímenes mexicanos llamados chacales
tienen un no sé qué que qué sé yo que te provoca un sentimiento de repulsión ignominiosa que te empuja a querer empinarle las nalgas para enseñarle lo
que es calidad…, clase…, cultura…, pedigrí.
Ya en serio, a veces me siento mal al descubrir ese sucio deseo
prohibido, cada vez que uno de esos nacos de
periferia me miran como si fuera su hembra, y a mí se me pone dura la decencia. ¡Ya
sé, soy una pecadora! Pero no me vengas con que soy una cualquiera…, que me
surge lo corriente y se me afloja lo metrosexuala cuando un chacal despierta
mis bajas pasiones. A muchas nos ha pasado y muchas más han cometido esos
deslices imperdonables de entregarse a uno de esos guarros, ¡quién te viera!
En México, el chacal se ha
convertido en un ícono del clasismo nacional en el que estamos inmersos: aquí
hay de tres sopas, o perteneces a los fresas, a perteneces a los mexicanos “nacos” y si le combinas sales como una clase de helado napolitano. Para decirlo de forma más elegante y menos
despectiva, allí surge el “promedio”, la “clase media”. Por consiguiente,
como que algo nos hace creer que el fresa es una persona adinerada, y el naco
de clase obrera, de escasos recursos y poca cultura. Y de que estamos equivocadas,
estamos equivocadas, tanto hay moronga como cortes finos entre la carnicería
clasista mexicana, pero a eso no vamos, vamos al chacal, al mayate, al albañil,
al cholo, al reguetonero, que de alguna extraña forma, casi que ni nos
dimos cuenta y cuando abrimos los ojos ya estaban allí sonrojándonos con su
curiosa presencia.
El chacal de pronto quiso probar culo de machas como tú. Y al probarlo: ¡le gustó! ¡Qué bárbara manita! Y es que le gustó y mucho, pero hizo como que no, como que el puto, el joto, el chotito, sólo sería un manjar prohibido que comería en secreto, por aquello de guardar las apariencias. En la calle todo un macho, a escondidas un come nalgas…, nada más por antojo, por aquello de hacer la diferencia, pero el chacal, el verdadero chacal que coge con otros hombres siempre mantendrá su apariencia de heterosexual, o dejará de ser chacal.
El chacal de pronto quiso probar culo de machas como tú. Y al probarlo: ¡le gustó! ¡Qué bárbara manita! Y es que le gustó y mucho, pero hizo como que no, como que el puto, el joto, el chotito, sólo sería un manjar prohibido que comería en secreto, por aquello de guardar las apariencias. En la calle todo un macho, a escondidas un come nalgas…, nada más por antojo, por aquello de hacer la diferencia, pero el chacal, el verdadero chacal que coge con otros hombres siempre mantendrá su apariencia de heterosexual, o dejará de ser chacal.
¿Qué sucedera con nosotras, las damas de sociedad y los gay de alto abolengo? ¡Quiere alguien pensar en los niños! Pues nosotras, también en secreto,
tendremos ese gusto desviado por probar la carne morena de un hombre sudoroso
con un cuerpo mamado no en un gym, sino de aquello que llaman esfuerzo. Y es
que los gays de clase media y alta hemos hecho del chacal un fetiche, sí, un fetiche: nos excita la idea de ser dominadas por ese chacal
grosero que te llama puto, ese sujeto que viste con pantalones cholos, camisas
holgadas, gorras de Daddy Yankee, el corte a rape de Wisin o Yandel, y el vocabulario
mega naco mil ocho mil con el que hacen mofa de su cultura nacional. ¿Qué
tendrá de sexy un mayate? Ya en serio, no lo entiendo y aunque estoy aquí ante
ustedes, sujeta a la incertidumbre de sus comentarios venenosos…, pues sí, lo
confieso…, a veces, cuando ando cachonda, fantaseó por comerme a un chacal…
La fantasía, no lo niego, me avergüenza,
tengo principios…, tengo porte y glamour… Como Marquesa Azpaculoli del Valle del Tangamanga,
no puedo permitirme revolcarme en el lodo a causa de ese pensamiento que se nos ha
enseñado a los mexicanos clasistas, de creernos lo mejorcito en este vasto
tugurio. Y por eso es que el fetichismo del chacal, la chacafilia que padeció Monsivais y Salvadors Novo tiene aún más sentido, ¡es como una epidemia! ¿Que no han escuchado decir que lo
prohibido se disfruta más? Ese pecado nefando de comer carne de “indio” es tan…,
tan tradicional… Uf…, qué bochorno.
¿Qué tiene esa carne prohibida?
A lo mejor y no es nada prohibida. Esa carne se conserva dentro de unos bóxer holgados,
reservando los aromas ácidos del sudor de macho, que se protege detrás de una
máscara inaudita de heterosexualidad fingida y que siempre peca de lo
kitsch, lo inferior. ¡Pero por qué Dios! ¡Por qué nos condenas a rechazar la
verga del diablo! Y ya en serio, una no puede escapar a la raza
mexicana. En algunas de mis caminatas para hacer pantorrilla por las tullerías de la Alameda, he visto a uno
que otro de esos machos que se presumen machos, huelen a macho y se cogen
machos… Y he notado que a veces, surge ese chacalón al que no puedes dejar de mirarle el paquetón,
al que no puedes dejar de imaginar desnudo, con las axilas peludas y la mata espesa de bello coronándole el asunto…
¿Por qué, por qué existen esas
frutas de deseo irreverente? Eso a lo que los sexólogos llaman hombres que
tienen sexo con otros hombres sin dejar de ser heteros (carcajadas festivas
al estilo Astrid Hadad). Es como un enigma, como si de pronto aquello de
perder los escrúpulos fuese como perder un centavo: insignificante. Como si
fantasear con el albañil que construye el tercer piso de tu casona en Lomas
fuese reforzar el morbo por gozar de tus mayores agobios: entregarte a ser
dominada por aquello que de día discriminas y de noche muestras idolatría esforzándote
por darle la mejor felatio… Pero que conste, siempre perfumadas con One Million para disipar sus humores de jardinero…

Hola guapo eso me encantaría sentir tal animalos dentro que rica la as de yener tudiras te dejo mi gmail para qe charlemos joselopezc290392@gmail.com
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