Ser Gay en San Luis: La vie en rose de “La Plata”

Hace días el periódico potosino El Pulso publicó un artículo en dos partes dedicado a La Plata, la famosa sexoservidora transexual de los años ochenta que se convirtió en una fígura de nuestra cultura LGBTTI local. Los artículos son sencillamente un agasajo, entretenidos, francos y muy útiles para conocer aquellas historias del pasado acerca de nuestro ambiente, y de nuestra cultura sobre todo. Mañana 23 de julio es la 1a marcha por los derechos LGBTTI  en San Luis Potosí y creemos que, una de las mejores formas de celebrar este hecho, es replicando el artículo de El Pulso en nuestro blog, ya que La Plata nos recuerda lo mucho que se ha logrado en materia de derechos gay en la ciudad, y lo muchísimo que hace falta aún. Recordemos que somos una comunidad no sólo de hombres gay, sino de lesbianas, bisexuales, transgénero, travestis, transexuales e intersexuales. ¡Qué viva la diversidad!

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En la memoria de muchos potosinos que oyeron hablar de su fama o leyeron de sus escándalos en las páginas policiacas, Marcela o “La Plata” fue un personaje urbano que marcó una época en el sexoservicio.


Debió ser la Navidad del 86 cuando sus calendarios circularon entre fondas, cantinas y hoteles de paso de la capital, arrabales donde se conservaron por más tiempo, porque muchas de esas hojas que enmarcaban la foto de “La Plata” y los 365 días de 1987 terminaron en la basura tan pronto como sus “clientes y amigos” los recibían en agradecimiento a “su preferencia”.

Ocurrente y temeraria, deseada y temida, así es “La Plata”, una sexoservidora transexual que durante su juventud igual congeniaba en las planchas de cemento de las celdas de la Judicial que en las camas de hoteles de lujo y en las mesas de centros nocturnos donde departía con juniors y ricachones. Lo mismo podía asaltar con brutal violencia a noctámbulos en busca de aventuras en la sempiterna zona roja de la ciudad, que colarse en los desfiles del 20 de noviembre arriba de su moto Vespa y repartir holas y besos a la concurrencia. 

Su sueño era fulgurar, como sus admiradas Daniela Romo y Rocío Dúrcal, pero “La Plata”, a punta de “madrazos” y caricias, esculpió su propia efigie, convirtiéndose en la reina del festival de la carne que noche tras noche se daba en los alrededores del Eje Vial y el jardín Escontría durante la década de los ochenta. Entonces “La Plata” era ama absoluta de la noche y ni los maltratos que sufrió en su niñez, ni el sida -que llegó en vendaval-, ni las cacerías de “raros” del Convoy jonguitudiano pudieron derrocarla. 

Pero la historia de La Plata se remonta años atrás. En 1970, Antonio Esteban Plata Muñiz tenía 12 años de edad. Era el quinto de 13 hermanos y hermanas procreados por una madre sumisa y un padre de oficio ferrocarrilero que solía propinarles violentas golpizas a sus hijos. A sus doce años, Antonio ya se había ganado el odio de su padre por defender a sus hermanas de su trato cruel y por besarse con niños de su escuela. 

“¡Me daba unas chingas sabrosas! No sólo porque era gay, sino por defender a mis hermanas, no tener mis zapatos boleados o tener mi cama destendida. Él era un macho y nunca pudo aceptarme como era, hasta me mandó a vivir a Toluca con unos parientes para ver si se me quitaba lo joto”, recuerda Marcela desde el corazón de su abigarrada y empobrecida guarida, un cuartucho de vecindad en la calle Ramón Adame No. 280, repleto de “recuerdos” y cachivaches que recolecta a su paso por la ciudad. 

Rigo Tovar y su Costa Azul no paraban de escucharse en la radio cuando Antonio Esteban cursaba la preparatoria. Eran tiempos difíciles, el dinero apenas alcanzaba y su padre, empedernido apostador de gallos muchas veces perdía el sueldo en pagar derrotas. Cansado de los problemas económicos, Antonio Esteban decidió pagarse la escuela y ganarse la vida por su cuenta. 

Parado en el callejón de La Perla, afuera del bar “El Radio”, el delgado jovencito era abordado por conductores que lo llevaban a algún café discreto y luego a la habitación de un hotel. “Al principio usaba el dinero para pagar la escuela, pero era un fastidio estudiar en lo que hoy es el Centro de Idiomas y luego ir a clases hasta la zona universitaria; me salí y mejor me iba a los bailes con la ropa que me compraba”, añade Marcela sentada en una enmohecida cama que hace mucho dejó de servir, bajo muñequitas rotas y viejos adornos navideños que desde su techo la vigilan, como si fueran ángeles de la guarda.


LA TRANSFORMACIÓN 

Pero Antonio no se conformaba con poseer un aspecto afeminado. Para ese entonces ya trabajaban varios sexoservidores vestidos de mujer en los límites del centro histórico y en cantinas o sitios de convivencia como el “Bailorama”, situado en la calle Pípila, punto de reunión de soldados en busca de sexo con hombres. 

Pese al rechazo que la sociedad y las autoridades de esa época sentían por los homosexuales, Antonio Esteban quería convertirse en mujer, disfrutar los parabienes del género que la naturaleza le había negado. Él era una mujer atrapada en un cuerpo distinto, y ya sin la presión de su padre, a quien abandonó luego de que en cierta ocasión lo balaceara por llegar tarde a la casa, el joven se empeñó en cumplir su sueño. 

Autodefinido como “sociable y amigable”, Antonio Esteban Plata solía frecuentar los bailes que ofrecían artistas como Mike Laure y Los Sonors en salones de la capital. “Me invitaban a bailar o a tomar una copa, nos la pasábamos bien padre y me regalaban dinero, 30 o 40 pesos que en ese tiempo era mucho”, cuenta Marcela, añadiendo que ahorró el dinero que le daban para transformarse en mujer. 

“Operaban en Monterrey, Guadalajara y Estados Unidos, aquí también implantaban senos pero nada más para las millonarias, allá operaban a los jodidos”. Una operación de implante de senos, afinación de nariz y mentón costaba mil pesos, por lo que Antonio Esteban incluso empeñó un par de grabadoras Magnavox que había comprado con los fayuqueros del pasaje Bocanegra para pagarse el viaje. 

“Me fui a Monterrey, pero antes me dieron hormonas para que mi cuerpo aceptara las bubis, en ese lapso, el doctor nos prestaba revistas para que escogiéramos el tipo de nariz y mentón; unas queríamos ser como Rocío Dúrcal, otras como Yuri, Daniela Romo o Francis, ¡pero pobremente! La operación era riesgosa y algunas se quedaban en la plancha”, cuenta. 

A finales de la década de los setenta, Antonio Esteban volvía a San Luis Potosí con 20 años de edad, nuevo nombre, un par de senos de dos kilogramos en el pecho y el rostro amoratado. Estaba agotado y sin un centavo, pero feliz y cierto de que su nueva fisonomía le devolvería cada peso invertido en lo futuro. 

En ese entonces no existía el baile de tubo que hoy en día realizan las bailarinas exóticas. Los centros nocturnos o sitios de convivencia gay que operaban un tanto clandestinamente, contrataban a travestis o transexuales para interpretar algunas variantes del burlesque, consistentes en imitar a alguna actriz o cantante de renombre, vestirse con atuendos similares y hacer playback con sus canciones. 

Prostituirse era la manera de ganar dinero, pero hacer burlesque era la forma de proyectarse artísticamente, de sentirse importante, así que Antonio -quien adoptó el sobrenombre de “Marcela” en honor a un novio de juventud que se llamaba Marcelo- se compró finos vestidos, pelucas y accesorios similares a los que usaban las divas de la farándula de esa época para trabajar como bailarina en centros nocturnos locales, de la Ciudad de México y Morelia. 

El joven delgado y de pelo corto había quedado atrás. Marcela ahora se había transformado en una transexual que acaparó la atención de hombres y mujeres que frecuentaban los sitios donde ella trabajaba o donde socializaba, lugares como “El Goremoto Club”, “El Tenanampa”, situado en la Feria Nacional Potosina y el restaurante bar “Los Jacales", entre otros.

 









J. Carlos Gutiérrez
Lee la 2a parte de este artículo aquí.

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