Aún
no existe un estudio confiable que asevere que la infidelidad es una conducta
predispuesta desde los genes. Sin embargo, hay quienes piensan que las personas
se dividen en fieles e infieles, según su genética. Quizá, éste sea un pretexto
para justificar sus hábitos sexuales. Porque más que otra cosa, la infidelidad
es un hábito, una conducta relacionada con el albedrío psicológico y los
valores personales con que hemos crecido en casa y los que hemos aprendido en la
sociedad. Cuando tenemos una pareja estable, pero sostenemos relaciones con un
tercero, tenemos plena consciencia de lo que está sucediendo: estamos transgrediendo
una idea moral sobre la pareja. Nadie nos obliga a faltar al pacto de
fidelidad. Somos nosotros, quienes por decisión propia, nos entregamos a los
impulsos sexuales.
Dicen
que los hombres homosexuales son promiscuos e infieles, incapaces de mantener
una relación estable. Pero esto depende sólo del individuo y su personalidad,
no de su orientación. Vemos infidelidad en heterosexuales, bis o parejas de
lesbianas por igual. Dicen que siempre hay uno dentro de la relación con la mentalidad
más libre y pocos tabúes sobre la poligamia. Pero también están los que
apuestan todo por la pareja y son fieles empedernidos, una subespecie al borde
de la extinción.
¿Es
buena o mala la infidelidad? Depende del caso. La humanidad no siempre fue monógama,
pero nos sería imposible deducir que las parejas con más de dos integrantes
estaban realmente satisfechas con su modo de vida. Por alguna razón, la mayor
parte de la humanidad ha decidido desarrollar una vida compartiéndola con otro
individuo, y no con varios. La construcción de la familia, desde un punto de
vista estructural, se basa en el pacto de convivencia de una pareja. El sexo
siempre es un componente importante. En los heterosexuales, sin importar la
religión, éste asegura la subsistencia de la especie. En los homosexuales,
lesbianas o trans, el sexo es una actividad recreativa, tenemos sexo por placer,
sin buscar la reproducción. Mas queda claro que sea cual sea la orientación,
las relaciones sexuales son una base primordial para la subsistencia de la
pareja.
¿Entonces
por qué hay infieles aun cuando su pareja lo satisface sexualmente? Parecería
ilógico enterarnos de que alguien ha sido infiel, cuando sostiene una relación
estable, hay sana convivencia en el hogar y el sexo es bueno. ¿Qué se busca
entonces con un tercero? ¿Son esta clase de infieles individuos con el ego
inflado? No lo sé, muchas veces solo pasa. Hay quienes viven una doble vida,
pero se interesan por mantener la vida en pareja y se dicen felices y
satisfechos con su estilo rutinario. Hay parejas que logran sobrevivir a una o
varias etapas de infidelidad y hay otras que fracasan: los celos, la educación
personal o la necesidad y el grado de afecto que uno pide, pueden ser
determinantes para que alguien sea infiel, como un método de escape.
Tener
un amante podría salvar las relaciones sentimentales de muchas parejas. Pero
nos resulta difícil comprenderlo. Más que pros, vemos contras hacia esta
conducta que entendemos como indebida y egoísta. No hay una buena ni una mala
infidelidad, si es uno el que disfruta y otro el que sufre. Pero para saber si la
infidelidad puede beneficiar o perjudicar nuestra relación, primero debemos
analizar lo que sucede dentro de nosotros mismos, y luego lo que hay en cuanto al
novio o esposo.
A
veces, los encuentros con terceros pueden ser un anti-estresante contra los
conflictos de la vida diaria: exceso de trabajo, distanciamiento familiar,
disfunciones sexuales con la pareja. Sin embargo, cuando ésta es más bien una
conducta adictiva en la que ya no se razonan los hechos de la infidelidad, ya
podemos hablar de egoísmo y de una búsqueda interminable por el placer
personal.
Nadie
puede asegurarnos que nuestra pareja nos será siempre fiel. Quizá ella ya nos engañó y nosotros no lo sospechamos porque no ha hecho daño a la relación. Quizá,
también nosotros sintamos la necesidad por extender el placer con un
desconocido. Curiosidad o necesidad son factores para que de un día a otro
consideremos ser infieles. Y cuando se presenta alguien en nuestras vidas y
resulta que hay química y un motivo, ya sabemos las consecuencias.
El
instinto sexual puede ser poderoso y determinante en la personalidad de cada
individuo. Cuando aprendemos a convivir con una persona y nos adaptamos a su
ritmo de actividad sexual, no hay mayor problema que la rutina, y ésta la
podemos romper de muchas formas. Sin embargo, cuando el cuerpo llama y somos
proclives a desquitar la necesidad con un tercero, estamos entrando en un
conflicto mental en donde enfrentamos el valor del compromiso. Quienes logran
hacerlo a un lado, gozan. Aquellos que no pueden por culpa o miedo, dan marcha
atrás.
Más
que preocuparnos por la probable infidelidad de nuestra pareja, debemos
interesarnos por alcanzar a entendernos el uno al otro para convivir con los
defectos y las virtudes que forman a la pareja. Entre hombres no es difícil fomentar
una relación abierta, creo que esto es más difícil para una pareja
heterosexual, pues hombres y mujeres suelen tener ideas contrastantes en torno a
la sexualidad y a la entrega. En homosexuales en cambio, hay forma de hacer que
la infidelidad, más que representar un engaño, signifique una actividad
corriente que no determine el futuro de la pareja. Cuando somos capaces de
afrontar la individualidad del otro, en lugar de perder a un confidente, amigo
o mitad, garantizamos una comunicación intensa donde se puede discutir ―sin
salir heridos― qué pueden hacer ambos para que su noviazgo perdure a pesar de
infidelidades. No se trata de mantener la relación a toda costa, sino sacarle
provecho y poder expresar la satisfacción que obtenemos dentro de ella. Cuando se hace obvio que la pareja ha fracasado y ya no hay interés de ninguno por sacarla a flote, la vida nos presenta un nuevo camino a solas. En contraste, si ambos se han puesto de acuerdo y la apertura sexual y emocional asegura que pueden seguir adelante y quieren seguir juntos, ¿por qué no intentarlo?

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