No se habla, no se dice, no se menciona: pero sucede. Los conflictos de
género suelen representarse a través del machismo y la misoginia como
principales figuras de violencia social. Existen campañas para prevenir la
violencia intrafamiliar de hombres ejercida hacia mujeres, y es que éste es un
problema real, serio y que necesita erradicarse para lograr la equidad y
liberar a la mujer del estigma de la supuesta debilidad con que se le ve, misma
que le merece continuamente vejaciones, insultos y falta de oportunidades en lo
laboral, lo social y de forma interna en sus relaciones de pareja. Es cierto
que la misoginia es un mal social y también un obstáculo para la evolución de
las sociedades, porque ésta es constante en cada pueblo y parecería que incluso
existe la misoginia institucionalizada, aun cuando existen tantas leyes que
defienden el derecho femenino de libre convivencia y equidad de género.
¿Pero qué pasa en el caso de los hombres que también son vulnerados? El
machismo interno también es un mal social y aunque no se habla mucho de él, lo
cierto es que los casos de hombres que sufren de abusos son reales, ya sea que
hablemos de bullying escolar, acoso laboral, violencia intrafamiliar o abuso
sexual. Y precisamente de esto último quiero hablar, intentando hacer un
análisis de la visión actual que tenemos sobre la violación ejercida en contra
de varones, ese tema que parece absurdo y bochornoso para la víctima, porque es
común conocer los testimonios de mujeres violentadas, pero no lo es cuando se
trata de hombres mayores de edad.
Pareciera que por el mismo machismo prefiere no hablarse, el abuso se
calla y se vive en silencio, y sólo se expresa cuando el dolor o el trastorno
es imposible de llevarse en soledad y se necesita de orientación y sanación
urgente.
Distinguimos el abuso sexual como la práctica no consensuada de uno o
más individuos hacia una víctima que es obligada a sostener cualquier práctica
en contra de su voluntad. Aunque es verdaderamente triste, se conocen
muchísimos casos de niños violados, y aunque de entrada lo primero que suele venírsenos
a la mente son los abusos que se conocen por parte de los sacerdotes pederastas
de la iglesia católica, el abuso sexual no sólo existe en este sector: el más
común es el que se vive en el hogar, que de acuerdo a las cifras está muy por
encima de los abusos sexuales que puedan vivirse en otros ámbitos cotidianos,
como en la escuela o los colegios, en el ejército o en la cárcel. Muchos de los
hombres que han sufrido de abuso sexual en su infancia han sido víctimas de sus
propios familiares: padres, padrastros, abuelos, tíos, hermanos, primos, o los
amigos cercanos de alguno de sus padres. Y es que aun cuando se cree que el hogar
es el sitio más sano y seguro en el entorno social, también es el que más se
presta para que un menor de edad pueda vivir el abuso, pues aquí pueden disfrazarse
las conductas sexuales como situaciones de afecto que son difíciles de
distinguir, pero que sin duda son referente de la violación auténtica.
Cuando escuchamos casos de hombres violados, no todos sabemos cuál es
la forma correcta de reaccionar. Por si fuera poco, quienes son víctimas,
desconocen generalmente cómo actuar. Y no está demás, pues existe la idea de
que el hombre abusado es débil, y que todo hombre que ya no es niño puede
evitar el abuso, pues se nos considera figuras de poder, físicamente hechos
para enfrentarnos entre hombres, dotados no sólo de pene y testículos, sino de
coraje, soberbia y valor. ¿Qué sucede entonces cuando somos víctimas de un
abuso sexual? Se nos ve como hombres carentes de todos los atributos de la
masculinidad y se es incluso víctima de burlas. Es por eso que al hombre violado
le resulta difícil hablar de su situación con otros y de buscar apoyo emocional
y profesional. Las denuncias no se hacen por temor al escarnio público, y
aunque en muchas situaciones el hombre maduro puede superar el abuso conforme
pasan los años, muchos otros viven trastornados por el miedo, la impotencia y
la ira que les produce el saberse víctimas de un acto tan despreciable como es
el abuso sexual.
Visibilizar la existencia de hombres abusados no debe quedarse en los
casos de la infancia vulnerada. También deben denunciarse los que viven varones
mayores de edad, porque sólo de esta forma la sociedad tendrá conciencia de lo
terrible que es para cualquiera ser obligado a tener relaciones sin
consentimiento, no importa que la víctima sea un joven o un hombre maduro,
musculado o atractivo. El abuso hacia hombres es equiparable con el que sufren
también las mujeres, se pierde lo mismo: seguridad, dignidad y autoestima. Se
corren los mismos riesgos, a excepción de un embarazo: también puede haber
violencia física, heridas que se quedan de forma permanente y serios traumas
psicológicos que se reflejan en el desarrollo social y en el afectivo, con la
pareja, con los familiares y con los amigos. El abuso trastoca las fibras más
profundas del individuo, y el ser hombre no lo excluye del sufrimiento y el
miedo que se queda enraizado a la piel.
Para hablar del abuso, hay que girar las miradas y preguntarnos quién
podría estar siendo víctima, no por morbosidad, sino por compromiso social. Así
como se realizan campañas contra la misoginia, también hay que formular
propuestas de campañas que busquen erradicar la violencia hacia los hombres.
Existen numerosas relaciones en las que un varón es golpeado por su par, en la
que es insultado, o violentado psicológicamente por cuestiones tan corrientes
como el estatus socioeconómico, la imposición del poder sobre el que se ve débil,
y también los que bajo ciertas circunstancias son abusados sexualmente.
Ahora que ya se ha hablado de ello, queda reflexionar de forma
personal. Y en caso de conocer a alguien que haya vivido esta mala experiencia,
tenderle la mano y acompañarlo a buscar ayuda.
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