¿Y POR QUÉ YO NO?: LA SEXUALIDAD ENCADENADA DE LOS SEROPOSITIVOS


“Paso algún tiempo desde que recibí mi diagnóstico como hombre seropositivo para que pudiera recobrar la fe y la confianza en mi persona. Fue una época devastadora, mi debilidad no sólo era física, sino también espiritual, me sentía tan poca cosa que la posibilidad de volver a tener intimidad con otra persona me parecía imposible.”

Joaquín es un chico que vive con VIH desde los 26 años, es un hombre de piel blanca pero de tonos tostados por el clima desértico de San Luis Potosí. Tiene unos encantadores ojos grises enmarcados por  pestañas grandes y coquetas. Es atlético, varonil, educado y atento, en la fauna homosexual pertenecería a los llamados “twink”. Sobraría decir que es guapo, pero ignorar su belleza física impediría al lector entender los referentes a la historia.

Resultaría increíble saber que Joaquín vivía con miedo a relacionarse con otras personas después de conocer su diagnóstico como positivo, pero en sus propias palabras, tras la noticia lo único que veía al mirarse al espejo era a un hombre marginado y “feo”.

“Pensaba que nadie querría estar conmigo al conocer mi secreto, porque eso era, un secreto que guardaba en un armario. Muchas veces tuve razón. Al entablar una conversación con algún ligue llegaba el momento en que debía ser sincero y hablarle de mi vida con VIH. Al principio parecían reaccionar despreocupados, me decían que eso no les importaba, que querían estar conmigo y que estaban dispuestos a conocer más sobre el tema para que pudiéramos llegar a algo más. Pocos días después no volvía a saber de ellos, recibía evasivas, me bloqueaban en Facebook o en whatsapp. Era un infierno” cuenta Joaquín con un tono ausente, presa de recuerdos que duelen. “Aunque físicamente me veía impecable y mi terapia antiretroviral me había devuelto la salud, para los demás era un marginado. Nadie quería tenerme como pareja ni mucho menos tener sexo conmigo después de enterarse de que yo… Y la verdad es que soy hombre, quería tener sexo, quería ser deseado, valorado y amado.”

¿Es verdad que el atractivo muere cuando alguien vive con VIH? Pienso que no, más bien lo que mata el atractivo, lo que lo doblega e invisibiliza es ser sincero ante la situación al decir, “vivo con VIH”. Entendamos que muchas personas deciden no hablarlo con sus parejas casuales aún sabiendo que tienen el virus. Esconden su estatus para evitar el rechazo. Si usamos preservativo, tomamos todas las precauciones y además estamos en tratamiento y somos indetectables, ¿cuál es la razón para revelar que tenemos VIH? Al menos es aplicable cuando hablamos de sexo casual.

¿Y qué hay de aquellas personas positivas que aún no se enteran de su padecimiento? No se encuentran con el obstáculo de la negación y contactan con facilidad a otros hombres para tener sexo o para iniciar una relación sentimental más profunda. Lo logran porque una o ambas partes desconocen el estado de salud del otro y por tanto no hay necesidad de sentir miedo o inseguridad. Lo innombrable a veces puede ser la puerta a la libertad, pero no siempre termina bien.

La situación no es exclusiva en San Luis o en México, todas las personas que vivimos con VIH en el mundo nos enfrentamos al estigma de la discriminación. Hace falta la cultura del respeto y la reintegración de los seropositivos al flirteo o al ligue. Muchos de nosotros tiempo antes de conocer nuestro estado serológico también habríamos ignorado a una persona VIH positiva, si de una cita casual o una futura pareja se tratara. El miedo es constante y los errores se repiten, nos cuesta creer que es posible llevar una vida saludable con una persona que tiene el virus, y justificamos esta conducta como una reacción en defensa de nuestra salud.

“Lo más difícil es aceptar que esto va a ser para siempre. Me gusta ser sincero y antes de iniciar una relación de pareja con alguien prefiero hablar las cosas en claro y decirle que no soy como la mayoría de las personas. Hay quienes en verdad lo entienden y otros que al instante te juzgan y te consideran alguien de cuidado. Pero esta es una variable sujeta a la realidad, si quiero tener un novio no puedo ocultarle que vivo con VIH. Quizá al tener sexo casual sea diferente, a la persona no la vuelves a ver la mayoría de las veces, muchos ni siquiera preguntan sobre tu estado de salud, pero al menos en mi caso me cuido de siempre tener un condón a la mano para que el sexo sea prioritariamente seguro”, dice Joaquín para confirmar mi aseveración anterior sobre el sexo casual y el VIH: cuando se trata de un encuentro esporádico se calla, se ignora y se vive sin la atadura del probable rechazo.

No está bien ni está mal, considerando que las relaciones sexuales no son de una persona, depende de un par, nadie es responsable totalmente de las consecuencias, todos debemos cuidarnos y preocuparnos primero por nosotros mismos, así pues, antes de cuestionar sobre los hábitos sexuales de nuestro compañero, debemos analizar cuáles han sido los nuestros y tener conciencia de que nadie puede obligarnos a tener relaciones sexuales sin protección. Si así sucede, hay que saber que nosotros pudimos haberle dicho “no quiero”. El riesgo que se toma es personal, aún si tienes un encuentro con alguien con VIH y no lo sabes, lo que cuenta es que tú trates de prevenir la infección por conciencia propia, por amor propio. Echarle la culpa a alguien más tarde dejaría ver la falta de presteza en torno a la salud y el bienestar personal.

“¿Te has fijado lo difícil que es contactar con personas positivas a través de internet? Bueno, teóricamente es más fácil que conocerlos si lo comparamos con la vida presencial, con lo real. Nadie anda por ahí diciendo “Qué tal, tengo VIH y quiero tener sexo contigo”. Eso suena descabellado hasta para mí”, me responde Joaquín con un tono hilarante cuando le pregunto sobre sus formas de conocer a otros chicos positivos. Ríe nervioso durante algunos segundos y luego continúa: “En México no hay redes sociales para gente con VIH, no existe un Grindr o un Manhunt positivo, la mayoría de las redes existentes no son latinas, sino americanas, para gente que habla inglés. Y de vuelta al tema del Grindr o el Manhunt, son muy pocos los chicos con perfiles abiertamente positivos, intentas contactarlos y la mitad te responde, quizá la otra mitad no suele usar esos mismos perfiles, o porque no están del todo seguros al tener presencia en internet. Aquí todo se sabe, todos nos conocemos y nadie quiere que se hable de nuestro estado serológico con cualquiera. Hay que cuidarnos y aunque muchos quisiéramos sentir la libertad de decir “tengo VIH y no me avergüenzo en aceptarlo”, no toda la sociedad lo ve así, a veces somos víctimas de agresiones o de menosprecio, y eso te frena.”

¿Y eso cómo te hace sentir?, le pregunto a Joaquín. Guarda silencio durante algunos minutos, repasa la punta de su lengua sobre sus labios, ese guiño enaltece más los rasgos atractivos de su cara, no puedo imaginar que alguien como él tenga tantos problemas para relacionarse con otras personas. Después de sopesar alguna respuesta, simplemente contesta con voz seca: “¿Y por qué yo no puedo ligar? ¿Por qué los chicos ven como algo negativo que alguien con VIH tenga deseos de seguir experimentando una vida sexual plena? Todo mundo piensa que es mi culpa el que ahora viva con un virus, que me lo merezco, como si dieran por hecho que hice algo sumamente malo como para tener que pagarlo con deshonra y desprecio. Es injusto, es prejuicioso. Todo sería diferente si la gente aceptara con naturalidad el tema, sin tener un miedo abrumador por conocer, hablar, relacionarse o tener sexo con alguien positivo.”

La vida parece darnos un vuelco cuando nos enteramos de que vivimos con VIH. El mundo parece más crudo, hay obstáculos en cada meta que nos proponemos, si una persona común se encuentra con baches, nosotros nos encontramos con abismos. Nos toma mucho tiempo recobrar la fortaleza y la confianza, nos cuesta volver a valorarnos. Es muy natural el pensamiento “y así ¿quién me va a querer?”, olvidándonos que somos nosotros mismos los primeros que debemos volvernos a querer, a enamorarnos de lo que vemos en el espejo, habiendo superado el duelo del cambio, habiendo asimilado que muchas cosas cambian para nuestro bien.

Cuando nos hemos empoderado y adoptamos el optimismo y una vida saludable como parte fundamental de nuestro modo de vida, comienzan a disiparse las dudas y los miedos. Y llega, claro que llega, el momento en que recobramos el deseo sexual, las ganas por estar con alguien, es natural, es comprensible y es una necesidad.

“Volví a tener relaciones sexuales después de mucho pensarlo, hasta que dejé de reprocharme lo que vivía, hasta que deje de autocompadecerme y sentir lástima por mí, cuando la pregunta ¿por qué a mí? dejó de rondar en mi cabeza. A partir de ahí me enfoque en apreciarme y demostrar a otros lo que valgo, porque yo valgo la pena” me aclara Joaquín. “Yo también tenía miedos. Ahora que vivía con VIH tenía que considerar muchas cosas. Los otros piensan que una persona positiva es potencialmente peligrosa, pero eso no es cierto, si uno toma su tratamiento antiretroviral y llega a controlar el virus a niveles indetectables en la sangre, añadiendo el condón no hay posibilidad de una transmisión a la pareja. En cambio, nosotros estamos propensos a que nos infecten con algún otro virus o infección, y eso es lo que nos detiene y nos hace ser más responsables. La gente no piensa que también ellos pueden hacernos daño. La ley que rige mi vida es simple: para disfrutar del sexo, me cuido y te cuido, pero espero que tú hagas lo mismo, por ti y por mí.”

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