No hay un balance preciso que
identifique detractores y seguidores de las marchas del orgullo que se celebran
durante esta temporada. Podrían ser un 50/50 sin margen de error, o un 30/70,
sin suponer cuál de ambos lados reúne a más comunidad. No voy a ser yo quien
intente hacer el primer registro, por mucho que intentara ser objetivo siempre
existirán personas que no se identifiquen con la propuesta o bien, puedan
sentirse agraviados. Lo único que podría aseverar sin miedo a equivocarme es
que el tema del Orgullo LGBT+ suele tener dos caras: la realista y la
fatalista.
En el primer puesto se reúnen aquellos
que salen a las calles a exigir apertura, visibilidad y respeto a los derechos humanos.
Son pocos y el hecho de que la mayoría de estos personajes sean activistas y
personas comprometidas y nobles no significa que todas tengan experiencia en
incidencia política y social ni tampoco un mínimo conocimiento de las bases
históricas que han construido ese orgullo por el que se reúnen. Esto no
demerita su lucha ni contradice sus propósitos, lo menciono sólo para dejar en
claro que la comunidad pro-marcha es diversa, están los veteranos, los
motivados, los comprometidos con la causa social y los que se adhieren por
empatía.
Al otro extremo se reúnen aquellos
que rechazan las marchas y también los que asisten a ellas con ánimo de
carnaval, libertinaje o diversión superficial. Parecería ilógico que en este
ramaje se unan los personajes y los motivos por los que unos rechazan a los
otros, pero el sentido fatalista está hecho por el matiz de lo “inevitable”:
siempre habrá quienes critiquen las marchas del orgullo y siempre habrá quienes
asistan a ellas sin saber razones, propósitos u orígenes. Y quiero aclarar que esto
no está mal, no son personajes inoportunos, inútiles o trols. No y no, porque
si bien los detractores suelen avergonzarse por el comportamiento de ciertos
grupos, achacando que su presencia y su visibilidad disparan el rechazo social
y los insultos de los que somos víctimas, los mismos detractores doblegan el
sentido de salir a las calles al preferir quedarse callados y esperar a que
alguien más consiga los derechos que se anhelan, para salir a disfrutarlos
cuando el trabajo duro se haya hecho.
Por parte de los detractores muchas
veces he escuchado el argumento de que los homosexuales salen a exigir respeto
cuando no son capaces de respetar a los otros, exhibiéndose de forma extravagante,
sexualizada y clandestina. Pareciera comprensible, sin embargo el argumento
también está construido por un dejo de homofobia internalizada y de rechazo a
la feminización del hombre: la vergüenza que sentimos por ser representados por
homosexuales travestidos, alborotistas, irrespetuosos e inmorales, parte de una
idea doblemente agresiva: machismo y misoginia. Repulsamos la presencia de los
actores queer, trans y travestidos, así como de los chicos que cubren mínimas
partes de su cuerpo con de látex o cuero. Nos provoca enojo el que algunos
grupos hagan de las avenidas antros, expendios de droga y alcohol y zonas de
sexo exprés. Sin embargo, en casa, en
privado o un sábado por la noche consumimos pornografía exagerada, actuada y
falsa representada por los mismos leather que salen el día del orgullo. Consumismos
mariguana u otras dorgas a pesar de que sabemos que es ilegal, no lo haremos en
la calle, pero lo hacemos en algún otro lado. Además, nuestros conceptos de belleza
están dirigidos por el canon occidental, enaltecemos a las mujeres altas,
delgadas, de rasgos europeos, a los hombres con cuerpo de gimnasio, bronceados
y de ojos claros. Tenemos como ídolos a estrellas del pop, divas y adonis,
sencillamente humanos inalcanzables. En resumen, esa ridiculez con la que tachamos
a los gays que ensucian el rostro de las marchas, son solamente copias de la
cultura pop, hecha por la gente común y corriente. No nos agrada verlos por una
cuestión de doble moral.
¿Qué hay para decir precisamente
sobre estos personajes incómodos en las marchas? Volvería a lo citado anteriormente:
su presencia no es equívoca ni demerita la razón de salir a cobrar visibilidad
y decir, “Hey, somos gays, somos miles y siempre hemos estado aquí”. Sin
embargo, es justo recalcar que dejan detrás el propósito que es el de exigir
mayores derechos y alcanzarlos por méritos comprobables. Si todas las marchas
se compusieran por la parafernalia y el escándalo más bien serían desfiles de
circo. Es aquí donde la educación es importante, sin ella cualquier movimiento
social pierde el sentido. Si la comunidad LGBT no se interesa por conocer el
contexto de su cultura, aprender sobre los protagonistas del pasado y el
entender que se gana con marchar, no tiene caso hacer un esfuerzo al contradecir las
críticas que nos hace la sociedad, pues se les estará dando la razón a quienes se han puesto
en contra de nuestra dignidad y por supuesto de los mismos homosexuales que
critican la existencia del orgullo gay. Salir en pie de lucha no es ni de cerca
salir a tomar cerveza a la calle, a pasearse semidesnudos o a bailar en carros
alegóricos. Como parte del folklor LGBT+ encajan y maravillan, con todo, más
allá del espectáculo se tiene que corresponder al esfuerzo del activismo social
con civilidad individual: es como el voto, lo hago para defender mi derecho a
decidir.
Los detractores de las marchas
del orgullo no son quienes prefieren no marchar, quienes prefieren esconderse o
quienes salen para dar muestra de espectáculos libertinos. Quienes le quitan
valor a la exigencia de derechos, son aquellos que no saben cuándo empezó la
lucha, por qué sucedió, qué se ganó, qué se perdió, hacia dónde vamos y hacia dónde
ya no queremos regresar. De la misma forma que nos hemos educado para adquirir
cierto conocimiento, también podemos tomarnos los minutos para indagar las
respuestas a estas cuestiones y no dejar que el día del orgullo y sus marchas
den motivos a la sociedad heterosexual para considerarlo como el día en que un
desfile de fenómenos sale a exhibirse con soberbia y entusiasmo.
Hace mucho que dejamos de ser
considerados enfermos mentales en la mayor parte del mundo. Para bien, hace
años que hemos dejado de ser perseguidos o encarcelados. Se acabaron las
guerras de odio. Dejamos de ser clandestinos. Nuestra marcha ya no es solamente
un grito de alerta, esperando a que se enteren de nuestra existencia, ellos
saben que estamos aquí. Hoy en día estamos en pie de lucha, sea en una marcha,
en los cabildos, en las redes sociales, en los talleres o en una tarde compartiendo
la mesa con la familia para hablar de lo sigue haciendo falta: castigar los crímenes
de odio que se tipifican como crímenes pasionales, exigir la armonización de
las leyes para que el matrimonio igualitario sea legal en todo el país, exigir
las reformas a los registros civiles para que las personas trans puedan ejercer
su identidad sexual de acuerdo al género con el que se identifican, luchar por la
dignificación de los enfermos con VIH, coadyuvar entre la sociedad LGBT a
ampliar la tolerancia no hacia afuera, sino hacia adentro, impedir las
denostaciones de los medios al representar al homosexual con personajes
denigrantes, desintegrar la imagen LGBT+ como ciudadanos de segunda. Un largo
etcétera.
Bienvenidas todas, bienvenidos todos a las jornadas
del orgullo: desde la acera, en la avenida, sobre un carro alegórico, desde
casa, desde un ordenador, desde la trinchera de la incidencia y el activismo.
Bienvenidos detractores, tímidos, closeteros, gente gay friendly. Bienvenidos
veteranos y gente joven. No es forzoso salir a marchar. La única obligación que
tenemos es la de aprender, y de paso: compartir.

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