Durante mucho tiempo el binomio de hombría y homosexualidad parecía
ser prácticamente irreconciliable. Mientras que la primera estaba ligada al machismo,
la fortaleza física, la virilidad y el poder, la segunda merecía apelativos discriminatorios
que hacían pensar que un homosexual era un hombre fracasado. El afeminado, el
fifí, el invertido, el 41, entre muchos otros peyorativos, referían solamente a
aquellos varones incapaces de figurar en el concepto de la hombría. Estas ideas
afortunadamente en muchos países se han transformado para dar lugar a la
diversidad; ya no hablamos de una masculinidad sino de masculinidades,
atendiendo conceptos y figuras muy amplias. Aunque no todo es color de rosa y
menos en México —el segundo país más homofóbico de América—, nos estamos educando
para comprender y aceptar la existencia de un hombre heterogéneo: no solo
hablamos de varones heterosexuales y homosexuales, sino de varones
trabajadores, profesionales, padres de familia que se dedican a las labores del
hogar, hombres que comparten el sustento de ese hogar junto a sus mujeres, padres
solteros, hombres viriles, hombres delicados, hombres promedio, hombres
transexuales, hombres bisexuales, hombres intersexuales y hombres que
trascienden de la feminidad a la masculinidad de un solo paso. Y eso se refleja
mucho en la fauna homosexual: he ahí el nacimiento de los osos, twinks, chacales,
mayates, queer, afeminados, varoniles, etc., etc.
Pero hay hombres homosexuales que parecen haber sido olvidados, chicos
cisgénero y transgénero que parecen haberse quedado fuera en ese proceso de
armonización de las masculinidades contemporáneas y que han de aguardar a que se
gire la mirada hacia su inequívoca e innegable existencia. Me refiero a los
homosexuales que viven con alguna discapacidad, al entender esta palabra como
la condición vitalicia en la que se carece (en comparación al promedio) por
nacimiento o por cualquier factor ajeno a éste alguna cualidad corporal, ya sea
motriz, visual, vocal, cromosómica o neurológica. Y es que es cierto, existen
hombres gays sordos, invidentes, con alguna parálisis, con alguna amputación o
una condición como puede ser síndrome de Down —por nombrar un ejemplo entre
muchos.
¿Cuántas veces en la vida te has preguntado sobre estos chicos?
Probablemente esta sea la primera vez que lo tomes en cuenta. Entonces bien, es
este el motivo por el que la reivindicación de la masculinidad ha dejado de
lado al hombre homosexual discapacitado, haciendo de ellos meras sombras que se
voltean a ver con dejos de lástima y hasta desdén o apatía.
Gays, sexo y discapacidad no son un trinomio irreconciliable al tratarse
de una condición humana existente en la naturaleza. En primera instancia podría
resultarnos inconcebible la idea de que un gay con síndrome de Down pueda tener
relaciones sexuales. Pero esta reacción, a mi parecer, está relacionada con el
hecho de que se nos enseña a compadecernos del hombre con discapacidad, y no a
comprenderlo, como si se tratara de un niño, porque ¿no es eso lo que hacen los
padres con sus hijos?: intentar protegerlo de una sexualidad entendida como
pecaminosa, un fenómeno natural exclusivo de la vida adulta, un fenómeno
relacionado con la moral, una capacidad para cuerpos formados y bien
desarrollados. Bien pues, esta ideología nos hace ver al individuo con alguna
discapacidad como un ser inocente e indispuesto para sostener relaciones
sexuales, para desear y ser deseado.
Los chicos gays con sordera, los chicos gays autistas, los chicos
invidentes, los que han nacido con un miembro menos, los que han pasado de una
vida “normal” a una “especial” tras un accidente o una enfermedad, también sienten
deseo como el resto de la población. La sexualidad no es exclusiva de un hombre
con todas sus facultades intactas. Esto nos debe ser suficiente para
reivindicar las masculinidades diversas; para permitirles a ellos vivir
libremente su deseo sexual sin sentirse avergonzados. No viven una incapacidad
sexual, ni han sido privados orgánicamente ni psicológicamente del gozo del
sexo. Parecería que más bien al dejarlos de lado, hemos sido nosotros quienes
hemos enclaustrado su gozo, limitándolos a ellos y convirtiéndolos en seres
asexuales.
La pregunta nos es ¿a qué le tienen miedo para no permitirse vivir una
vida sexual libre e intensa como cualquier hombre? La pregunta es ¿a qué le
tememos nosotros cuando sexualizamos un cuerpo incompleto o diferente al
nuestro? No hay lugar para pensar que el chico ciego no llegará al orgasmo al
recibir una mamada, o que el chico mudo no te dará buen sexo oral. No hay
tampoco lugar para limitar conceptos de sexualidad humana en chicos con una
adversidad neurológica, con un debido tratamiento y rehabilitación para ser
autónomos en la medida de lo posible, por sí mismos desarrollarán una
naturaleza emocional empática hacia el sexo mismo.
Alguna vez conocí a un chico que estaba perdidamente enamorado de un
chico sordomudo. Eran los mejores amigos en la preparatoria. Pero el hecho de sentir
atracción por alguien sordomudo parecía causarle un vuelco emocional tremendo:
yo lo llamo vergüenza. Y no fue hasta el día en que no pude aguantar más y fui con
ese chico a decirle que mi amigo estaba enamorado de él, que su relación pudo
ser: resultaba que él estaba igual de enamorado de mi amigo, y que tras unos
meses de conocerse mejor llegaron a entablar una relación que duró muchos años
y en la que puedo asegurar hubo buen sexo y éste fue tan funcional y placentero
como de haber sido efectuado entre dos chicos comunes.
Con esto, concluyo al decir que la discapacidad no se lleva en el
deseo, sino en los límites que le imponemos a nuestra mentalidad. Si no te
basta, ¿por qué no le echas un ojo a esta grandiosa película que te enseñará a
entender este trinomio de la masculinidad homosexual? Hoje eu quero voltar sozinho.


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