¿En dónde han quedado aquellos tiempos en los que la comunidad homosexual
se enamoraba por medio de miradas, de roces discretos, del amigo del amigo, de
los sonrojos o de las pláticas secretas en alguna placita de la ciudad?
Seguramente esos amores quedaron confinados en el mismo sitio donde la memoria
desechó los años de clandestinidad, en los armarios de los que salimos hace
años, en los saunas, en las salas de Latinchat y de Messenger, en los foros de
relatos, en las fiestas del amigo maricón del amigo matadito de la secu del
amigo gay de closet… El amor que se callaba por miedo a ser descubiertos y
juzgados por una sociedad violentamente homofóbica quedó en el pasado y en su
lugar se dejó el flirteo descarado, los amores de una noche con tu ligue del
antro, los guiños del Manhunt, los superlikes del Tinder y los mensajes
privados de Grindr.
De todo esto comencé a pensar desde mi última visita a Queerétaro,
precisamente el último día cuando a mi llegada a la central de autobuses noté
que alguien me miraba desde lejos: el amigo de un chavo súper obvio, un chico
de unos 27 años, como yo, alto y delgadito, morenito claro, de brazos
trabajados pero estéticos y antojables. Me saqué de onda cuando él se cruzó en
mi camino y me guiñó un ojo, mientras su amigo súper obvio se reía. Fueron una
o dos miradas, antes de que yo me diera cuenta que me estaba “echando el can”, pero
no fue hasta que despidió a su amigo obvio para que éste abordara su autobús
rumbo a una ciudad en donde lo obvio tendría que llevarse en la sangre, que él
se atrevió a acercarse a mí y lanzarme una sonrisa para que yo entendiera que
él estaba interesado en mí en “buena onda”, que no le interesaba coger sino ¡hablar!
Podría haberme mandado otras tantas señales pero lo nuestro no habría
funcionado de no ser porque yo tuve la iniciativa de acercarme y saludarlo,
arriesgándome a que él me ignorase o que todo hubiese resultado una tomada de
pelo. Se me había olvidado cómo ligar, y aunque él había tenido ese detalle del
guiño y la sonrisa, parecía tampoco saber cómo dar el siguiente paso. Me avergüenzo
al reconocer que minutos antes tenía mi celular en la mano con Grindr abierto, conversando
con algún chico de la ciudad, esperando que alguien me invitara a su casa a
coger, a que hubiera un motivo con forma de culo o de pene que me hiciera
quedarme más horas en Querétaro. Pero lo que me hizo quedarme un rato más fue,
muy contrario de lo que habría imaginado, una sonrisa tonta y una plática de varios minutos en los que mi pene no tuvo protagonismo. Y lo mejor de todo, es que fue agradable.
Hace un año terminé mi último noviazgo (uno de conflictivos 7 años) y
aunque todo fue para bien, ahora que estoy justo en los 27 noto que cada vez me
cuesta más trabajo relacionarme con otros chicos y me pregunto si alguna vez
volveré a “enamorarme” y que este sentimiento dure aún después de haberme
corrido. Ya no recuerdo cuando fue la última vez que converse “en buen plan” por
más de una semana con alguien en whatsapp o en Grindr. Y creo que fue hace
mucho desde que pude hacer un amigo gracias a Manhunt. Lo mío, como lo de
muchos otros gays, se ha convertido en una historia de agregar, quedar, coger,
eyacular, ignorar y bloquear; de un ¿qué buscas?; ¿tienes lugar?; ¿te va un
trío? Y cuando en verdad me he puesto serio y he querido hacer un amigo con
deseos de hacerlo mi novio, la gente me ha resultado tan superficial que
termina aburriéndome su existencia y termino por dejar de contactarlo.
Pareciera que mi instinto para lograr una relación amistosa de forma racional
en la que el sexo no esté de por medio a través de las redes sociales me es
simplemente imposible.
Empiezo a creer que es cierto, que las apps no son para encontrar amigos
o novio. Empiezo a creer que la libertad que ganamos los gays entre la sociedad
generó una descomposición en nuestras relaciones interpersonales. Mi mejor
amigo gay de la prepa parece ser la prueba viviente de ello: por más que ha
intentado agarrar novio por este medio, se ha topado con chicos que lo buscan
para tener sexo y que al mostrar él su intención “en buena onda” terminan
desapareciendo de su vida. Bien dicen los blogeros de Estados Unidos que la
nuestra es la “generación hookups”.
No quiero ser fatalista, pero me encuentro en esa etapa en la que siento
que terminaré soltero y con el corazón igual de adolorido que el culo. Me
preocupa sentir que el amor es una idealización y no una realidad. Y me
desespera que al resto de los chicos a mi alrededor parezca valerles una
mierda, tan es así que cuando me canso de pensar tanto en esto, a mí también
termina valiéndome una mierda. Y vuelvo a abrir el Grindr, vuelvo a dar likes
al por mayor en Tinder, y cuando un chico deja de responder mis mensajes después
de dos días, encuentro a otro, y éste es sustituido por otro, y de ellos parece
que el más interesado en iniciar algo más que pasajero está a 350 km de
distancia de mi ubicación.
El amor gay en tiempos de las redes sociales está a disposición de unos
pocos. ¿De los que quieren? ¿De los que pueden? ¿De la perseverancia o la
suerte? En los perímetros de este mundillo gobiernan las divas; los mírame pero
no toques; los no me mires, no me hables, no me toques; los nunca es suficiente
para mí; los no eres suficiente para mí; los chancla que tiró no vuelvo a levanta.; ¿Qué tan cerca estoy de
llegar a formar parte de esa fauna?
Me parece patético decir esto ahora cuando hace apenas diez años pensaba
que esta era la frase más estúpida del mundo: me quiero enamorar de verdad.
#TrueStory
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