He
conocido muchos casos sobre rechazo y estigmatización hacia personas
homosexuales. La mayoría de los gays vivimos bullying en la escuela, en la
calle, en la iglesia, en la política, etc. Pero sin duda, el que provoca más
dolor y traumas, es la humillación dentro del entorno familiar. En verdad, no
hay problemática más grande que la violencia y la intolerancia por parte de los
miembros de la familia, porque se supone que éste es el nicho de calor,
bienestar y confidencia donde nacemos y crecemos. ¿Qué podría esperarse cuando
la familia rechaza al homosexual y lo expulsa de su hogar o le niega afecto y
comprensión? Lo más probable, es que el gay busque un nuevo entorno donde
sentirse valorado, o bien, rechace su propia orientación y se vea obligado a
fingir algo que no es, con el afán de ser reinsertado y amado por sus
familiares. En ambos casos, la solución es injusta: no puede obligarse a nadie
a ser o actuar bajo condiciones con las que no se identifica y tampoco es
aceptable aislar a una persona sólo porque es diferente al promedio.
Ignorancia,
falta de valores o machismo suelen ser motivos para que un padre, madre o
hermano se sientan incómodos y agredidos por la homosexualidad. Pero este
sentimiento puede ser combatido cuando hay amor de por medio. He conocido
también a familias que tras una larga maduración y asimilación sobre el tema de
la diversidad sexual, la orientación y el género mismo, han logrado abrir su
pensamiento y aceptar al hombre o mujer gay sin ver su condición sexual como un
determinante para quererlos más o quererlos menos. Éste es un logro verdadero,
pues se reconoce que no a todos nos resulta sencillo convivir con las
diferencias ajenas, ni es fácil romper viejos tabúes e ideas sobre sexualidad
que nos han inculcado durante generaciones. Nuestra sociedad no es precisamente
tolerante, y por eso es importante reconocer que la discriminación es un
detractor para la sana convivencia social. Aún más, cuando vivimos ese rechazo
dentro del núcleo central de nuestras vidas, que es la familia. Sólo aquí se
nos enseña a amar y aprendemos a ser amados. Si nos arrebatan ese derecho, nos desvirtúan
como personas y nos reducen de formas inimaginables, viéndonos como “raros”, “errores
contra natura”, “fenómenos” o en palabras más coloquiales, ovejas negras, aquellas
que sólo pueden producir un sentimiento de vergüenza.
La
asimilación de la homosexualidad, depende en gran medida de la autoestima y ésta
se construye en gran parte gracias al afecto que se obtiene de las personas más
cercanas, aquellas con las que se crean lazos significativos. El amor familiar
nos provee de libertad y suficiencia, nos enseña a respetar a los otros, nos
prepara para una vida en pareja y para transmitir costumbres y valores. No hay
razón para impedir que una persona no heterosexual goce de esto, pues es parte
de su crecimiento. ¿Qué de positivo podríamos ver en casos donde el gay es
expulsado del hogar, humillado, violentado físicamente u obligado a vivir una
realidad con la que no se siente contento? Más que un respiro para éste, lo
único que obtiene a cambio es soledad.
Por
más que se intente hacer cambiar a un varón homosexual, por dentro siempre
sentirá atracción por otros hombres. La idea de que la homosexualidad es un
hábito que se adquiere sigue provocando que miles de muchachos gays tengan que
pasar por experiencias traumáticas, como ser internados en clínicas llenas de
charlatanes que prometen convertirlos en heterosexuales, o en lo cotidiano pero
no menos doloroso, se les obliga a cumplir con roles preestablecidos de
masculinidad, por medio de golpes, insultos, aislamiento o exposición de su
sexualidad en momentos en que no se siente listo para hablar sobre sus
preferencias.
¿Eres
padre de un hijo gay? Dale la oportunidad de demostrarte que su personalidad no
la define su orientación. ¿Tienes una hermana lesbiana? Acércate a ella y escúchala,
su homosexualidad no impide que puedan tener cosas en común. Ámenlos como son y
desháganse de viejas ideas pretenciosas. Deja de creer que tu primo homosexual
intenta abusar de ti cada vez que te abraza o te da un beso. Evita pensar que
todos los gays son sexualmente activos, drogadictos o pedófilos. Estos son tabúes
cotidianos humillantes y falsos. El homosexual es un ser humano en toda la
extensión de la palabra, no hay nada malo en su cabeza, no padece de una
enfermedad mental.
Detrás
de la aceptación hacia los individuos que rompen con la norma de
heterosexualidad, hay un crecimiento personal trascendente: cuando aprendes a
amar y a aceptar a la gente por quien es, y no lo que es, desarrollas el valor
de la humildad, te das oportunidad de engrosar los límites de la razón, de
quebrar estigmas sociales, y llenarte de satisfacción por vivir en armonía con
tu naturaleza y la de tus seres amados.

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