Diez de la noche. En el centro de San Luis Potosí se celebra una fiesta
de convivencia erótica para hombres gays. Había apartado mi lugar con
anticipación, pues desde hace un buen tiempo venía escuchando sobre estos
eventos y quería atreverme a conocerlos. Para mí no son nuevas. He ido a
fiestas en bóxer en Monterrey, el D.F. y Guadalajara. Las de San Luis son prácticamente
iguales, se realizan en un bar, la entrada es sólo para invitados mayores de edad,
se lleva el tema con discreción aunque los rumores corren de boca en boca.
Muchos homosexuales potosinos saben que en el bar L.C. cada último miércoles
del mes se realizan estas fiestas.
Al llegar, te piden que te quites los pantalones y los guardes en una
bolsa. Pagas un cover y te dan preservativos y una bebida de cortesía. Cuando
entras en confianza, puedes deambular por las instalaciones del bar, éste es de
dos plantas, la mayor parte con mesas, cada cuarto o salón cubierto con cortinas
suaves de color negro. A las 10 aún parece vacío el lugar, pero cuando dan las
11, veo cada vez más hombres. Chavos, chavitos y maduros. Toda clase de
complexiones. Muchos musculados, con torsos bien trabajados y espaldas anchas.
Tienen un buen ver, los más desinhibidos usan suspensorios y conforme avanza la
noche prefieren andar desnudos.
En estas fiestas en bóxer, todos prefieren subir al primer piso, donde
hay un par de dark rooms en donde no se distingue quién entra, sólo quién sale.
Los cuartos se llenan, para las 12 el ambiente está en su mayor apogeo. En cada
esquina se acoplan grupos de dos hasta cuatro hombres, se masturban, se dan
sexo oral, se acarician y algunos llegan a la penetración. Los cuartos huelen a
poppers, a sudor o a perfume. Sólo ves sombras, y tienes que tocar al de a lado
para saber si caminas por el lugar correcto. Es común chocar contra alguien,
sentir su piel sudada y fresca, si no tienes complejos, dejas que otros te
toquen a ti, que te froten el pene y los testículos o te metan una mano para
sentir tus nalgas. La mayoría lo hacen por la adrenalina y el morbo, algunos
otros para darse una mínima idea de quién es el otro. Si no pueden verse, al
menos intentan que el sentido del tacto los guíe para hacerse a una imagen
cercana del sujeto al que tocan. Como los gays somos superficiales, si tocamos
una entrepierna poco abultada, preferimos dejarlo de lado, si sentimos unas
nalgas planas y ásperas, nos giramos y buscamos nuevo candidato. Nos tocamos el
pecho, para adivinar la complexión, si es demasiado flaco, si es gordo o si
tiene cuerpo de gimnasio. Todos nos dejamos llevar por las apariencias, por los
patrones establecidos de belleza masculina. Hacemos a un lado a los que son más
bajitos, a los que tienen panza y a los que huelen mal. Nunca falta el sujeto
insistente que te pone una mano y quiere masturbarte, le pones un alto pero él
recurre al hostigamiento. Como no lo puedes ver, no se siente culpable.
Cuando ya es la 1, los dark rooms comienzan a verse completamente
llenos, la actividad cesa hasta las 3 de la mañana, cuando los dueños del bar comienzan
a anunciar el cierre. Ves a algunos que sólo han ido a tomar y que se van
conformes con la experiencia. Otros, intentan sacarle todo el jugo a la noche,
y seducen a otros en los baños, en las mesas de convivencia o en la barra. Hay
otros que quieren irse, se ponen los pantalones, pero la curiosidad acaba por
convencerlos de darse una última vuelta a los dark rooms a ver si aún queda
algo para pescar.
Por la madrugada el suelo está lleno de cerveza derramada, de condones
usados, papeles, un aroma a sexo lo impregna todo. Los más exhaustos descansan
a solas, o acompañados por sus inseparables amigos de juergas. Quienes van con
su pareja, se besan apasionadamente en alguna esquina, mientras otros que se
han quedado con las ganas los observan con cierta envidia o celos.
En estos cuartos oscuros, como en todos los que existen en México y en
el mundo, ves solamente a hombres que tienen sexo con otros hombres, por
necesidad, por deseo, por fantasía o por una costumbre. Los Dark Rooms son el
underground de las ciudades, por antonomasia cunas de ardor y lujuria. Lo que
no vemos, nos causa más excitación y menos preocupación durante el transcurso
de la fiesta. No sabemos si el sujeto al que le damos sexo oral tiene una
infección de transmisión sexual, si es VIH positivo o negativo. El 45% de los
hombres que acuden a lugares como estos, tiene altas probabilidades de
transmisión de VIH. La mitad de hombres viviendo con VIH no lo saben. Sabemos
que hay riesgos, y el riesgo si bien nos asusta, al doblegarlo con lujuria, se
convierte en gozo. Así es la naturaleza humana.
De nadie vemos sus defectos, ni sabemos nada de su vida. Cuando nos
vamos, puede que no volvamos a encontrarnos. Si usamos condón y tuvimos
relaciones seguras la incertidumbre es menos. Pero si no lo hicimos, si esa
noche estuvimos con más de un hombre, al transcurrir la velada, al pasar los
días o los meses, puede que la duda nos asalte. ¿Estaré sano? ¿Quién era ese
sujeto? ¿Sería el que yo pienso? Las respuestas pocas veces son satisfechas,
como todo ha ocurrido en un ambiente oscuro y discreto, nos quedamos para
siempre con la duda.
Algunos volvemos. Para otros las fiestas han perdido su chiste, ya
hemos vivido la experiencia y no nos ha parecido tan buena como creíamos, o
preferimos el sexo en ambientes más abiertos, con gente “real”, en citas “reales”.
Algunos nos convertimos en invitados recurrentes, cada miércoles estamos allí,
tenemos sexo con uno o más hombres, sólo bebemos cerveza o nos metemos a los
cuartos oscuros para escuchar, acariciar y salir a los pocos minutos.
A veces, creemos estar penetrando al sujeto que vimos a la entrada, ése
que nos pareció atractivo, pero en el transcurso de la noche, nos percatamos
que nos hemos equivocado de protagonista y nos sentimos engañados por nuestro
instinto. Algunas otras veces, enfocamos la mirada en un probable elegido, nos
lanzamos a la caza y sólo entramos a los dark rooms cuando vemos que el sujeto
también lo hace, le damos alcance e intentamos atraerlo a nosotros. Si hay
suerte, cogemos toda la noche. Si no la hay, no nos queda más que resignarnos y
buscar a otro.
Como la mayoría somos exigentes, creemos merecernos al mejor, nos
creemos los mejores. Nos molesta que alguien nos toque mientras estamos fajando
con otro, y soltamos el manotazo para impedir que lo vuelvan a hacer. Pocos
entendemos que en el cuarto oscuro se vale tocar, oler o mamar, pero insistimos
en darnos nuestro lugar, en sólo dejar que nos toque aquel al que creemos el
más atractivo. En realidad, ni siquiera sabemos si a él le gustamos o si más
bien nos sigue el juego porque está muy caliente, porque ya tiene experiencia y
sabe que al quedar ciegos en medio de tantos cuerpos, los sentidos y la mente se
entregan al frenesí, se gozan los manoseos y los arrimones. Si no quieres
quedarte con ganas, debes ir tú y tener la iniciativa, tocar, dejar que te
toquen, no quedarte en un solo lugar para tener chance de ligar con más
hombres.
3:30 de la madrugada. El bar se ha quedado vacío. Si las paredes
hablaran, contarían mil historias de deseo e impulso sexual liberado. Pero no
sintamos pena, ellas también están ciegas y de lo poco que han visto, han hecho
oídos sordos.
Al final de la jornada, nos vamos a descansar y pensamos una que otra
vez en si hicimos bien o mal. A medida que pase el tiempo, seremos capaces de
respondernos a esa pregunta. Volveremos o reprimiremos la vivencia como algo prohibido.

Donde esta este bar?
ResponderEliminarSí, dónde se ubica?
ResponderEliminarQué buen blog! Me encanta la dedicación que le ponen. Felicidades.
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