En un mundo perfecto las relaciones se basan en el compromiso a la
fidelidad: la complementación perfecta entre honestidad, franqueza, afecto y
aceptación de virtudes y defectos. Una relación rosa, sin complicaciones ni
degeneraciones que la hagan transmutar por desatinos, o en palabras simples:
por una necesidad individual.
Cuando hablamos de estabilidad, hablamos de fidelidad. Así como también
al hablar de felicidad suponemos que estamos hablando de fidelidad. Por tanto
toda pareja que siga al pie de la letra las líneas de honestidad, franqueza,
afecto y aceptación mutua supone vivir el silogismo de la relación estable y
feliz. ¿Pero qué hay detrás de esta imagen? Me pregunto si es lo que intentamos
creer para sentirnos satisfechos con nuestras relaciones personales y no vernos
en la necesidad de poner en tela de juicio el significado realista de lo que es
ser fiel hoy en día.
Cuando pregunto a algunos conocidos, en primer término mencionan la
idea de la monogamia, la institución de la relación intrapersonal basada en el
afecto y el compromiso entre dos personas, en la que es inaceptable la entrada
de un tercero, un cuarto o un quinto protagonista. Cuando así sucede, estamos
hablando ya de infidelidad pura y de una ruptura al compromiso pactado para
vivir en pareja.
Esta es una pequeña reflexión sobre las determinaciones de la fidelidad
humana, no solamente en términos homosexuales. Ya sabemos que en el ambiente
gay prevalece mucho el engaño y el fracaso de los noviazgos, debido claro a que
uno o ambos han sido incapaces de atreverse a compartir su vida con una sola
persona, conformes a lo que ésta puede ofrecerles con sus virtudes, sus defectos
y sus expectativas de realización personal a futuro. ¿Pero qué tanto hay de
cierto al determinar que la fidelidad se basa únicamente en ese compromiso?
Llego a la conclusión de que existen dos clases de noviazgos: el
libertario y el egoísta. En el primero sabemos desprendernos de la necesidad
por tener siempre a alguien a nuestro lado, pero si hace falta hay que
separarlo del común “soy muy feliz con mi soltería”, no, para vivir un noviazgo
libertario hay que decir “soy muy feliz con mi compañero pero sobre todo
conmigo mismo”. Entonces, al hablar del otro como parte de nuestras vidas no
necesitamos presentarlo como “mi novio”, porque hay que aceptar la
individualidad del ser. Es más correcto asumir la parte que nos corresponde
como complemento y asumirla frente a los demás, no como la presunción de
pertenecer a alguien, sino ser a lado de alguien. Lo sano es decir “somos
novios”, sin restricciones de pertenencia y con la convicción de la camaradería.
Él es mi compañero de vida también es otra forma linda y condescendiente de
presentar a tu media naranja. Aunque como ya lo he visto en algún meme de
Facebook, no venimos cortados en mitades, ya nacemos completos, por lo que
antes de iniciar cualquier relación hay que tener claro que no necesitamos un
complemento que nos llene o que nos complete, ni tampoco alguien que le dé
sentido a nuestras vidas. Quitémonos de la cabeza la palabra “necesitar” y
cambiémosla por anhelar.
Así bien, estamos listos para entender la fidelidad como un modo de
vida establecido en base a los anhelos. Cuando alguien es demasiado egoísta y
se siente presionado por la “necesidad de necesitar” algo a cambio para saciar
ideales de felicidad, ocurre que nadie puede ofrecérselos 24 horas 7 días a la
semana, y tarde o temprano se querrá más y tendrá la determinación de encontrar
la fuente del detonante que nos mantenga vivos, bien bajo un engaño o
tristemente bajo la premisa de que para sentirse libre se debe saciar toda
necesidad corporal a través del sexo. Eso señores es la verdadera infidelidad.
Existen parejas heterosexuales y homosexuales que han abierto sus
horizontes y han comenzado a conocer a otras personas para relacionarse
sexualmente. Algunos lo llaman fracaso de pareja y castigan la permisividad
para la infidelidad, otros entienden que el affaire
es un método de soltura gracias al que una relación puede mantenerse en pie.
Pero no es para todos y también, es bueno saberlo, no es el destino de todas
las parejas. Es sorprendente saber de parejas en estatus abierto que permanecen
largos años sin complicaciones debidos a celos, porque saben pintar la línea
del respeto y distanciar las relaciones esporádicas de la vida en pareja, de la
cotidianidad y lo hogareño. ¿En verdad es posible o es sólo un argumento para
defender la infidelidad? Para empezar, hay que aclararlo, esto en ningún
momento se ha convertido en infidelidad: la pareja anteriormente ha hecho un
acuerdo consensual en el que aceptan ver a otras personas, ponen sus
condiciones y aceptan las consecuencias. Si tú no puedes aceptarlo o te parece
repulsivo o decadente, cariño, esto no es para ti.
¿En qué casos estamos hablando de infidelidad? Es bastante sencillo: hablamos
de un engaño amoroso cuando una o ambas partes han comenzado a frecuentar con
terceros sin informarle a la contraparte; cuando se hace a escondidas; cuando
entran las excusas para no justificar las actividades fuera de casa o de la
vida sentimental; cuando se sabe que la infidelidad encubierta podría causar
graves daños emocionales a la contraparte y aun así se decide llevar a cabo el
acto; cuando se antepone el interés y la necesidad de satisfacer la parte
física y emocional personal, entendiendo el primero yo, después yo y al último
yo y de ti ni me acuerdo.
¿Cuál sería la verdadera fidelidad? Sin duda aquella en que ambas
partes sean honestas y pongan sobre la mesa todas las cartas en su defensa, sin
esconder ni disfrazar ninguna: esto es lo que tengo para darte, esto es lo que
podría incomodarte, y esto es lo que podría dar para hacer que lo nuestro
funcione. Jamás entremos en el juego del engaño, no nos presentemos como
personas que no somos, capaces de aceptar cada golpe cuando en el fondo sabemos
que nos destrozará. Tengamos el valor para mostrar primero nuestras debilidades
y defectos, por muy duras o intimidantes que puedan ser, para que nuestra pareja
sepa a lo que se enfrenta y decida si sus propias cartas son capaces de llevarse
con las tuyas. Ahí se está siendo fiel a uno mismo, y ese ya es un buen
principio.
Si la contraparte mantiene convicciones que chocan contra las tuyas y
encuentra su satisfacción por medio de conductas más individuales y que te
hacen sentir privado de ser participe, alerta, podría suceder que en algún
momento no encuentre contigo lo que sí podría encontrar con otro individuo.

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